Ofelia Díaz Muñiz, la maestra leonesa que peleó la jubilación de docentes a los 65 años
A sus 103 años esta mujer que se ha adaptado a las nuevas tecnologías y lleva una vida activa, rememora un episodio decisivo para el Magisterio: bajar de los 70 a los 65 años la edad laboral en 1976

Ofelia Díaz Muñiz en la huerta de la casa de Secos del Condado donde veranea uno o dos meses al año.
Ofelia Díaz Muñiz nació en Madrid el 4 de mayo de 1922. Apenas dos meses después volvió a nacer en Paredes de Nava, donde sobrevivió a una catástrofe ferroviaria tras varias horas desaparecida. De familia asturiana, se crió entre Gijón y Beleño, en el concejo de Ponga. Su padre, don Pancho, era un indiano que había hecho fortuna en Chile con el comercio y en Gijón puso una tienda de bicicletas, toda una modernidad en la segunda década del siglo XX. De los veranos en San Juan de Beleño, el pueblo de su madre, Esperanza, recuerda las excursiones a caballo a La Uña, el primer pueblo de León por el puerto de Ventaniella, con su tío Pedro que les regalaba esta aventura en la naturaleza al estilo de las colonias de la Institución Libre de Enseñanza.
En un cuaderno dejaban constancia de la experiencia y del contacto con los pastores y lugareños. Un gaitero salía a recibirles en el «miradorín» y entraban en el pueblo con la música. «A mí me ponía: Muy bien, máxima expresión del deber cumplido». «En La Uña íbamos a casa de Bonifacio, que tenía fonda y mi tío nos obligaba a comer sopas de ajo», recuerda. Al día siguiente solían ir a Lario.
Aquellas excursiones veraniegas fueron su primer contacto con León. No se imaginaba que años después se casaría con un leonés, daría a luz ocho hijos e hijas en la capital leonesa y sería de las maestras con más garra de su época.
Cada verano, Ofelia regresa desde Gijón a la casa que su marido, Ángel Mato, y ella levantaron en Secos del Condado (o del Porma, según para quien). Camina con su propio pie y la ayuda de un bastón y se resiste a usar el andador que le han traído sus hijos. A ella le van más las nuevas tecnologías. Con 103 años wasapea con toda la familia, hace encargos a sus hijos y se los paga por bizum y se ha convertido en la memoria fotográfica de su extenso clan. Clasifica en el ordenador todas las fotos que caen en su mano, por años y por temas. Y es una forofa del Rumi Kub. No hay día que no haya partida en casa de los Mato. «Vivo como una reina, con Lina, una rumana que es como un tesoro, lista, como un rayo y trabajadora», sostiene.
Lleva 38 años jubilada y nunca se aburre. «No me alcanza el día para lo que quiero hacer», apostilla. Hasta la pandemia iba a gimnasia, hizo de monaguilla en la parroquia durante muchos años y de abuela de los hijos de su vecina. Detrás de su larga vida hay una retahíla de vivencias que, vistas con perspectiva, son como aventuras. Durante la Guerra Civil, recuerda, en Beleño, donde se encontraban de vacaciones «requisaron casas y a mi hermana y a mí, que teniamos 15 y 14 años, con otras mayores que eran, como si dijéramos, las señoritas del pueblo, nos requisaron a coser a un taller. Hacíamos una camisa diaria para los milicianos. Cantábamos Amapola y Morocha y lo pasábamos bien».
Hasta los hechos más dramáticos, como cuando apresaron a su madre y su tía en la cárcel de Cangas de Onís, porque sus maridos habían huido, parecen suavizados por el tiempo. No hay rencor ni amargura. «Siempre me digo que no hay muchos niños de mi época que tuvieran una infancia como yo», señala. Aunque su padre tenía la tienda de bicis las dos hermanas aprendieron a andar en la misma, apunta para remarcar la austeridad con que se educaba en la época aunque eran una familia acomodada.
La guerra cambió su destino. La familia se instaló en León a principios de los años 40. El frío de León le provocó un brote de sabañones. «Mi hermana y yo nos queríamos marchar y mis padres nos querían convencer: «Mirar, en León hay un cielo azul, azul, azul, azul, como nunca lo visteis en Asturias».
Ofelia siguió los estudios en las Carmelitas. «Quería estudiar matemáticas, pero no sé por qué acabé en Químicas», señala sobre su etapa en la Universidad de Oviedo. Su padre quería que se examinara de las 14 asignaturas para habilitarse como maestra, porque tras de la depuración del Magisterio por la dictadura, había muchas plazas vacantes. Llegaron a un acuerdo. Ella complació a su padre y don Pancho dejó que siguiera sus estudios en Oviedo. Hasta que se cruzó en su vida, y literalmente en las escasas de la nueva casa de Ramiro Valbuena, un apuesto hombre de ojos azules. Ángel Mato, ponferradino, se convirtió en novio oficial en un baile en el Casino y en marido en el santuario de Covadonga. Fue él quien le animó a presentarse a las oposiciones de Magisterio. «Saqué el número 2, aunque debí ser el 1...», pero no tenía recomendación ni pertenecía a Acción Católica. Su primer destino fue Matueca de Torío. Como hacen hoy algunos viajeros, combinaba el tren de Feve con una bici Orbea que le regaló su padre para desplazarse desde Pedrún.
A Viñayo, su segundo destino, llegó embarazada de Mila, su hija mayor. Al poco pidió una excedencia que duró varios años. «Me quedé en casa teniendo hijos: Mila, Gonzalo, Gelo, Chiqui, Cuca y Espe». Aún faltaban por llegar Ofelia y Javier cuando doña Pura, la inspectora, le animó opositar para entrar en las Anejas. Su marido torció el gesto: «¿Te ha faltado algo?». Su madre puso el grito en el cielo. «Bueno, mamá, si tú me prometes que les vas a dar carrera a mis hijos y que vas a tirar también por ellos, sobre todo dándoles carrera y tal, me quedo en casa tan a gusto», respondió Ofelia.
Por culpa de una gripe no llegó a tiempo a matricularse y optó por opositar en Madrid a ‘diezmilista’ (para población de más de 10.000 habitantes). Allí coincidió con Isaura Martín-Granizo y Celia Viñuela, que preparaban oposiciones al conservatorio. Vivían las tres juntas en una residencia de estudiantes. «Entré como soltera», recuerda.
Aprobó la oposición y le dieron Consuegra, en Toledo, donde tomó posesión, dejó sustituta y volvió a León. Hasta que salió la plaza en las Anejas de León. Aprobó y empezó otra etapa trepidante de su vida como maestra. Iba a empezar la década de los 60 y pasaría veinte años en las Anejas. «Al poco de entrar quedé embarazada de Ofe y cinco años después, Javier».
«En cuanto me metí en este lío, yo era una mujer trabajadora, luchadora y peleona» y no faltaron los choques con ciertas prácticas que primaban la entrada en la escuela aneja a Magisterio de gentes influyentes porque había derecho de admisión.
Después de la muerte de Franco, Ofelia Díaz Muñiz fue protagonista de un episodio que cambió la vida de los maestros y maestras, que se jubilaban con 70 años. «Los maestros catalanes y vascos daban mucha guerra y el ministro de Educación, Robles Píquer, convocó a representantes de todas las provincias. «Mi hijo Gelo, que estaba en la universidad me había dicho que nos querían dividir». En la reunión en León, «suelto el discurso de mi hijo y Andrés Trapiello me propuso a mí como candidata" del sindicato Sippel (germen de Stes). Los representantes del Bierzo no estaban muy conformes y decidieron que no fuera sola. «Fuimos la beata (como me llamaban a mí) y el comunista (como llamaban al del Bierzo», recuerda entre risas.
«Nos recibió el director general, no el ministro. Y antes de que pudiera decir ni pío, se levanta Carmelo, el de Guipúzcoa y yo pensando, Ofelia, ¿dónde te has metido?». Quello le asustó: «Los maestros de la Meseta éramos personas maduras y los de la periferia, eran jóvenes y reivindicativos. Se puso la cosa muy tensa».
A Ofelia la designaron entre los seis portavoces —fue la única mujer— para defender adelantar el retiro de los maestros: «Empecé diciendo que a un maestro, cuando es joven, los niños le quieren y los padres le aprecian; pero cuando llega a cierta edad y el maestro se duerme en clase y comete cualquier equivocación, los niños se burlan y los padres se enfadan».
Los discursos no fueron suficiente para convencer a los responsables de Educación. «Hicimos una huelga y nos encerramos en una iglesia. Vino la policía a sacarnos y a uno que me cogió a mí le decía: ‘No lo hacemos por nosotros, lo hacemos por sus hijos’. ‘Sí, señora’, me respondió». El objetivo se logró.
A los pocos años, Ofelia da el salto definitivo en su vida profesional. «Yo discutía mucho con la dirección de las Anejas, le pedía perdón. Pero ya no podía más». Se embarcó con Marino, María Victoria, Flor, Nati y Milucha en la conquista del nuevo colegio de La Palomera, una escuela de barrio, donde implantaron un modelo pionero. Fue su último y feliz destino laboral. Casi ya nadie se acuerda de cuando, en la pública, se jubilaban a los 65. Como para recordar que hasta 1976 tenían que aguantar el tipo hasta los 70.