Nino Redruello: «El esfuerzo es agradecido, no tiene que ver con el sacrificio"

Nino Redruello es cocinero y está al frente de una docena de establecimientos.
El recuerdo de su bisabuelo durmiendo sentado en un taburete durante 25 años, desde las 12 hasta las cinco de la madrugada, para servir pacharán a los empleados de la tahona que abría a las cuatro, es uno de los pilares de la historia de Nino Redruellom, cuarta generación en un negocio de hostelería que se ha expandido por las grandes capitales de la península ibérica.
En La Estrecha, aquel pastor asturiano reconvertido en tabernero en el bullicioso Madrid de principios del siglo XX. De su bisabuelo aprendió que a veces los reveses de la vida —incluso cuando le traiciona un familiar patentando el nombre del bar que fundó— salen las mayores proezas.
Cuando se hizo mayor y quiso quedarse en La Ancha, el nuevo bar que fundó su bisabuelo. «Me había autoimpuesto mucha presión por el legado que tenía». Le dijeron que viajara y empezó a marcar sus propios hitos.
El primero, pasar por El Bulli y crecer como cocinero al lado de Ferrán Adriá. «Aprendí mucho, entendí la libertad y a vivir en el asombro. Cuando vives en el asombro la vida es más bonita, pones otros ojos a la vida y del asombro pasas a la gratitud».
La vida da vueltas y un día, cuando cerró su vinoteca, se vio frente a los miedos. «Tuve que entender cómo funcionaban y tuve que ir a por ellos, como esos perros que te están ladrando y te acojonas hasta que vas a por ellos», señala.
Otro momento decisivo fue comprender cómo funciona el esfuerzo cuando lo puso al límite en un restaurante Michelin en Londres. «Pude entender que el esfuerzo es muy agradecido, que el esfuerzo no tiene nada que ver con el sacrificio ni con el sufrimiento y que si tienes una buena relación con el esfuerzo porque pones un propósito por encima y es un propósito bonito de la vida, te das cuenta de que merece la pena».