Diario de León
Fachadas.

Fachadas.David Campos. 2026.

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Alberto Flecha

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A unos veinte kilómetros del centro de Roma, hacia el norte, discurre el Grande Raccordo Anulare: la circunvalación que contiene a una capital siempre a punto de estallar.

Suenan los cláxones y el metal avanza lento. Es la hora en que los romanos abandonan el trabajo y emigran en procesión hacia las barriadas del extrarradio. Una coreografía universal: miles de cuerpos orbitando desde los grandes centros urbanos en una peregrinación dictada por la propia ciudad, como si el corazón de piedra de Roma los expulsara en bandadas al caer de la tarde, obligándolos a buscar refugio bajo un alero antes de regresar, a la mañana siguiente, a una ciudad que ya no les pertenece.

Los que firmamos esta sección viajamos con nuestros alumnos en un autobús atrapado en el atasco, ocupando ese lugar incierto de quienes intentan enseñar una cultura que empieza a parecernos, incluso a nosotros, un simulacro. Los chicos, hundidos en sus asientos e iluminados por la luz azul de las pantallas, bucean en sus teléfonos; alguno escucha música. Se abstraen como pueden en medio de un paisaje humano que no les dice nada. Para ellos, lo importante quedó atrás: las cúpulas, el Vaticano, el Foro, el decorado radiante de la Ciudad Eterna. Pero, a medida que el autobús nos empuja hacia el norte, la representación cede. Las masas se agolpan en el centro buscando una verdad que ya no habita allí, mientras otra Roma —la sudorosa, la fragmentada, la viva— respira en estas barriadas que crecieron sin medida tras la guerra, levantadas por la legión famélica que llegó del agro italiano. Pasolini lo intuyó antes de que el hormigón terminara de fraguar: la cultura oficial suele convertirse en el sudario de la vida auténtica. Al alejarnos de las cúpulas, entramos en el territorio de aquellos que Italia ha preferido ocultar tras un muro de ruido y de ladrillo. Puede que Roma sea hoy uno de los parques temáticos más bellos del mundo. Un parque que explica quiénes fuimos mientras devora quiénes somos; un escaparate que vacía de vida sus calles para alojar el consumo fugaz del turista. Desde el autobús advertimos que esta metamorfosis no es ajena a nuestra tierra. Si Roma expulsa a sus ciudadanos hacia el margen, el León desplazado lanza a sus jóvenes hacia otras latitudes, dejando atrás un vacío que solo se llena, de manera intermitente, como decorado de fin de semana. ¿Qué queda de esta lección entre la polución y los arrabales? ¿El monumento que se fotografía o el hormigón que se padece? En el regreso, nuestra responsabilidad no es el silencio. Somos el vehículo que devuelve a estos jóvenes a una tierra que ya no cuenta con ellos. Esta geografía sin piedad, que late bajo el rugido de los motores, es la misma que en León clausura horizontes y en Roma subasta el asfalto. El autobús no avanza hacia un destino; huye de un centro que solo nos reconoce, también aquí, como meros figurantes

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