Y al sexto día, incomunicados
Los cuatro astronautas de la misión Artemis II perderán todo contacto con la Tierra cuando transite por la cara oculta de la Luna. Será en el sexto día de la misión y durará aproximadamente 50 minutos, funcionarán de forma autónoma mientras toman datos y fotos

Fotografía del administrador de la Nasa, Jared Isaacman, del estado de la plataforma de lanzamiento después del despegue.
«Nos veremos al otro lado», dijo Jim Lovell, el piloto del modulo de mando del Apolo 8, cuando la nave que comandaba en diciembre de 1968 se aventuró en la cara oculta de la Luna y perdió la comunicación con los ingenieros de la Nasa. «Entramos en órbita lunar por el lado oscuro y la Luna no se veía por ninguna parte. A medida que continuábamos orbitando, fragmentos de luz solar empezaron a iluminar las cumbres de los cráteres que estaban a solo 60 millas —casi 100 kilómetros— por debajo de nosotros. Finalmente, el lado oculto quedó bañado por la luz del Sol y observamos en silencio cómo los antiguos cráteres del lado lejano pasaban lentamente bajo nosotros. Estaba contemplando en vivo esa parte de la Luna que había permanecido oculta al ser humano durante millones de años», continuó Lovell.
A una experiencia similar se enfrentarán en los próximos días Reid Wiseman, Jeremy Hansen, Christina Koch y Victor Glover. Tras superar algunos problemas iniciales —se perdió la comunicación con la nave durante el despegue y se detectó una incidencia con el retrete, que se estrena en este vuelo—, comprobaron ayer que todos los sistemas vitales de la cápsula Orión —la nave en la que viajan— funcionaban correctamente. Solo entonces emprendieron el camino hacia su destino. Será en el sexto día de la misión, previsiblemente este martes, cuando la Artemis 2 llegue al mismo punto al que se enfrentaron hace más de cinco décadas Lovell y sus compañeros. En ese momento coincidirán dos circunstancias: será cuando estén más cerca de la Luna y más lejos de la Tierra. Sobrevolarán el satélite a una altura superior a la de entonces, entre 6.500 y 9.500 kilómetros de distancia, lo que hará que la vean del tamaño de una pelota de baloncesto, según la Nasa. Sobre la distancia respecto a nuestro planeta, se calcula que se habrán alejado 400.000 kilómetros, una marca nunca antes alcanzada por una misión tripulada —supera al Apolo 13, en la que también participó el mencionado Lovell—. Esta cifra convierte a esta misión en el viaje más largo de la historia.
Tampoco ninguna mujer —Christina Koch— ni ningún hombre negro —Victor Glover— habían viajado hasta ahora hasta la Luna.
Ese momento será cuando pierdan toda comunicación. Ocurre así porque el satélite se interpone entre la Orión y la llamada Red del Espacio Profundo (DSN, por sus siglas en inglés), una serie de antenas de gran alcance situadas en Madrid, Camberra (Australia) y Goldstone (Estados Unidos) que sigue su rastro. Su ubicación no es casual: separadas 120 grados en longitud, esto hace que cuando una nave espacial desaparece en el horizonte, la releve otra de las estaciones. Pero no evitarán la incomunicación de la Orión —China ha solventado este problema con un sistema de satélites que permiten triangular la señal—. Serán entre 30 y 50 minutos, quizás los de mayor incertidumbre de los 10 días que se prolongará el periplo espacial.
En este tiempo, la tripulación deberá funcionar de forma autónoma al tiempo que recogen datos y sacan fotografías.
La avería de 23 millones en el retrete de la nave
La solución adoptada por la Nasa es el Universal Waste Management System (gestión de residuos), desarrollado durante años con una inversión de más de 23 millones de dólares. El UWMS se basa en el uso de flujo de aire, que se activa desde que se levanta la tapa. Los inodoros espaciales utilizan un sistema de succión que 'aspira' los desechos y los dirige hacia compartimentos específicos, lo que también ayuda a controlar los olores.