Diario de León

Mayte Sancho, leonesa directora del Imserso: «León adelanta lo que va a ser el envejecimiento en España"

Mayte Sancho es una leonesa que brilla en el mundo. La ONU la eligió como una de las 50 personas que más ha contribuido a transformar la sociedad para envejecer mejor. Desde hace dos años y medio y a sus 73 es la directora general del Imserso, donde ha sido funcionaria durante 30 años. Afronta la reforma de ley de autonomía y dependencia para impulsar un cambio radical en las políticas de cuidados.

Mayte Sancho, directora general del Imserso.

Mayte Sancho, directora general del Imserso.dl

Ana Gaitero
León

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María Teresa Sancho Castiello, licenciada en Psicología y máster en Gerontología Social, es la segunda leonesa al frente del Imserso (el primero fue Ignacio Robles en 2006). Sancho ha sido responsable del Observatorio del Envejecimiento y la Dependencia de España y experta de la OCDE y del Consejo de Europa.

—En una sociedad cada vez más envejecida, ¿cuáles son los retos actuales del Imserso?

—El Imserso tiene una larguísima historia, desde los años 70, dedicado al envejecimiento y a la discapacidad. En este momento su gran reto son los apoyos y las necesidades de los cuidados de larga duración. Esto se concreta en la reforma de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a la Dependencia, de 2006. Es una necesidad perentoria que los cuidados que precisan las personas cuando entran en situación de dependencia sean mejores que los que tenemos.

—¿Cuáles son esos cambios?

—La Ley de 2006 ya fue bastante innovadora, gracias a la participación del mundo de la discapacidad. Con la Convención de Derechos de las Personas con Discapacidad de Naciones Unidas se introdujeron conceptos que en aquel momento estaban muy poco asociados a la vejez, como el de autonomía entendida como capacidad de decisión y de desarrollo de proyecto de vida propio. Uno de los aspectos troncales en esta reforma de ley reside en el cambio conceptual del sistema de cuidados, centrado en las personas y por lo tanto, teniendo en cuenta sus deseos y preferencias. Esto se traduce en una posición firme,— expresada desde hace décadas— de mantenerse en los entornos domésticos y de proximidad que hemos habitado a lo largo de nuestra vida. En definitiva, un rechazo a los modelos basados en las instituciones y una reivindicación de un marco comunitario para desarrollar dignamente la ultima etapa de la vida. En estos entornos, lógicamente se incluyen todo tipo de alternativas de alojamientos para personas que necesitan apoyos y cuidados y no pueden recibirlos en su hogar habitual. Desinstitucionalizacion no es destrucción de residencias, sino transformación de las mismas a entornos mas hogareños, y cercanos al modelo vivienda.

—¿Qué hace el Imserso además de los famosos viajes para mayores?

—Los viajes (mueven más de un millón de personas) fueron un proyecto muy innovador en los años 80. Han tenido y tienen una función social importantísima, como es la generación de redes sociales y relacionales. Se pensaron para que las personas que se movían muy poco y menos aún en entornos rurales, pudieran conocer el país, conocer el mar... Hoy día las personas que envejecemos, la mayoría ya han viajado y ya conocen bastante el país. Pero, aun así, es una fuente de generación de nuevas relaciones muy importante. Estamos investigando el impacto de este programa sobre la percepción de soledad: tener un grupo de gente con el que además te gusta viajar a cualquier sitio, interior o costa, es importante. Ahora bien, la misión del Imserso en este momento es afrontar la complejidad del envejecimiento en uno de los países más longevos del mundo. La longevidad es un gran éxito social, pero al menos hasta ahora, genera mayor riesgo de entrar en situaciones de dependencia, que hay que abordar integrando apoyos y cuidados procedentes de diferentes espacios: profesionales, servicios sanitarios y sociales, diseño urbano y ambiental accesible y, como no, un apoyo familiar insustituible y digno para ambos. Un gran reto lleno de dificultades.

—¿Cuál es su aportación en estos dos años y medio al frente del Imserso?

—Nos hemos dedicado de manera muy intensa a la reforma de la ley de 2006 que esperamos que en poco tiempo sea aprobada por consenso, en la línea de la reforma del artículo 49 de la Constitución y la Ley ELA. Otra apuesta ha sido fortalecer la generación de conocimiento. Tenemos un centro de documentación con 50.000 referencias especializadas en envejecimiento y estamos a punto de formalizar un convenio de colaboración con la London School of Economics dedicado al análisis de los cuidados de larga duración desde la mirada internacional, nacional, y sobre todo como herramienta de análisis y toma de decisiones para las CCAA. Estamos trabajando en un estudio muy potente sobre demencias, una de las grandes olvidadas y uno de los problemas más importantes que tiene el envejecimiento. También trabajamos en perfeccionar un poco el mundo de las pensiones no contributivas y el proceso de transferencia de los centros de atención directa que, inexplicablemente, todavía algunos están en manos del Imserso.

—¿La ley ELA se está aplicando en todo el territorio?

—En Castilla y León quizás es donde más aplicación está teniendo. La ley ELA ha generado también el cuarto grado de dependencia (grado 3+). La gestión es compleja.

—En León tienen dos centros de referencia, el CRE de San Andrés y el CREdei. ¿Es compleja la gestión de estos centros desde Madrid?

—No en cuanto a la gestión administrativa, pero sí en cuanto a su potencial actividad de referencia. Nacen al calor de la ley de 2006 con el objeto de generar conocimiento referencial en torno a temas bastante diversos, no solo de envejecimiento. El centro de San Andrés está especializándose, por fin y muy bien, en deporte adaptado. Se está convirtiendo en un espacio de referencia donde además de la actividad investigadora con el mundo académico, acuden equipos especializados en deporte para personas con discapacidad, que se preparan para competir. No es un centro residencial, cuya competencia exclusiva es de la administración autonómica.

—Una de las quejas del funcionamiento del CRE de San Andrés es que las plazas residenciales están infrautilizadas.

—Como digo, no es un centro residencial. Las estancias son temporales destinadas. Somo conscientes de la dificultad que entraña esta tarea con personas que tienen necesidades complejas y grandes discapacidades. Intentamos identificar la mejor utilidad y funcionalidad del centro con una implicación mucho mayor de las administraciónes local y autonómica. También para la zona de alojamiento. En San Andrés tenemos un gabinete de accesibilidad que ha acompañado a 170 personas para ofrecerles habilidades y competencias en la utilización de productos de apoyo para ser más autónomas. Tienen iniciativas bien interesantes para desarrollar productos de apoyo sencillos, austeros. Todos pensamos en el súper robot, pero cuesta un dineral y no está al alcance de la mayoría de la población.

—¿Qué proyectos hay para el Credei que ha llegado con tantos años de retraso?

—El centro está trabajando en la promoción de la autonomía y tiene lista de espera. Colabora con la Diputación de León en acciones de sensibilización, visitas a municipios, sesiones dedicadas a los temas de soledad. Tenemos mucha tarea por delante en estos centros.

—¿Cómo se puede plantear el desarrollo social y económico en una provincia tan envejecida?

—La situación de León puede adelantar lo que va a suceder en prácticamente todo el país. Por supuesto, el sur es más joven, el Mediterráneo es más joven, pero Castilla y León, Asturias, Aragón, Galicia, son territorios tremendamente envejecidos: en muchos municipios superan el 30% de población de más de 65 años. El envejecimiento no solo genera gasto, pero también genera riqueza. La economía social y la economía senior, los cuidados de larga duración también generan actividad laboral. Y las personas de entre los 60 y 80 años pueden hacer muchas cosas que no hacen, además de cuidarse. Hay que entender a las personas mayores como constructoras de bienestar y no solo como consumidoras solo de bienestar. Hay mucha actividad que pueden asumir, que se está asumiendo ya en muchos países de Europa. Los viajes también son una fuente de riqueza muy importante. Ha supuesto un empujón enorme al turismo de este país.

—Cuando dice que las personas entre 60 y 80 años pueden hacer cosas que no hacen, ¿a qué se refiere en concreto?

—A actividades de carácter voluntario que tienen una función social muy alta. En este momento las personas que envejecen transfieren y cuidan más de lo que reciben, sobre todo en el seno familiar: cuidan a los familiares, grandes y pequeños cuando lo necesitan, asumen todo tipo de actividades de apoyo y cuando es posible, realizan trasferencias monetarias que hacen un poco más fácil la durísima vida de las generaciones más jóvenes. Por otra parte, tendremos que afrontar un potencial retraso en la edad de jubilación, adaptado a las características de los trabajos que realizamos, claro. Es evidente que si la esperanza de vida ahora es casi 20 años mayor que cuando yo nací, pues no parecería muy lógico que siguiera trabajando hasta los 60 años. Yo tengo 73 años.

—¿Le preocupa el choque de generaciones? Se acusa a los boomer de ser los privilegiados del sistema.

—A la gente mayor nos duele en el alma, porque realmente no es justo, y las comparaciones que se hacen anulan absolutamente la mirada histórica. Este bienestar se ha conseguido a pulso, hemos vivido en habitaciones compartidas y por supuesto no podíamos viajar ni podíamos irnos a tomar un café, nuestros padres eran pluriempleados... Uno de los grandes defectos que tenemos en este país es nuestra escasísima memoria histórica. Tenemos que hacer algo para frenar esto porque es una locura que desemboca en una critica demoledora a nuestro sistema de bienestar, en concreto de pensiones que pondría en bandeja recortes no deseados.

—¿Cuál cree que es la fortaleza principal de León?

—Viví en León hasta la adolescencia y cuando voy ahora me parece que es una ciudad maravillosa que se ha desarrollado muy bien y es bastante accesible, con buen diseño urbano. Además despierta interés y tiene mucho turismo. Es una provincia donde algo pasará cuando la gente vive tantos años. Creo que hay que estar orgulloso de ella.

—¿Cuál es su mejor recuerdo y el lugar preferido de León?

—Recuerdo el instituto, el conservatorio, donde fui alumna y mi padre profesor de violín y pluriempleado en la banca. Llegaba a casa a las 9 de la noche. Tengo sentimientos encontrados porque mi familia es protestante y a veces los niños nos insultaban y perseguían. Pero prevalece con mucho el excelente recuerdo de amistad, risas, primeros amores. Conservo mi pandilla de amigas —Nube roja—, lo considero un triunfo. Hemos sido la primera generación de universitarias de procedencias sociales muy distintas, lo que refleja el éxito del sistema público. En León he sido muy feliz. El paseo de Papalaguinda, la salida del instituto por San Isidoro, ir al mercado de la plaza Mayor...

«El CRE de San Andrés se está especializando, por fin y muy bien, en ser un centro de referencia de deporte adaptado»

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