Diario de León
Concierto, 2026.

Concierto, 2026.DAVID CAMPOS

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Alberto Flecha

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Recuerdo la primera vez que asistí a un concierto de rock. No conservo el nombre del grupo ni el género exacto que restallaba en los bafles —digamos rock por darle un orden al estruendo—, ni siquiera recuerdo si alcancé a ver de aquellos músicos algo más que el cuero de sus zapatos gastados. Éramos muy pequeños y jugábamos en la plaza mientras decenas de jóvenes ocupaban su puesto de feligreses entre el público. Algunos críos preferíamos explorar el envés del mundo: jugar debajo de las tablas del escenario.

Todo era una selva de ruido y cables. Y luces, y un vapor de glicerina que salía a empujones, como si un dragón despertara bajo nuestros pies. Poco después llegaría el rito de la radio, el intercambio de cintas de casete, aprender a tocar una guitarra, observar la pose de las bandas y la vida de tipos como Freddie Mercury, precipitándose a los abismos, pero sosteniendo la dignidad en un La natural infinito en el escenario de Wembley. Y luego, como un naufragio de la verdad, llegó Milli Vanilli. Un escenario lleno, una música impecable y nadie detrás. No fue solo una decepción: fue entender lo que ya estaba ocurriendo. Que ya no hacía falta una voz propia si había focos suficientes; que el decorado podía pasar por memoria y el entusiasmo, por pertenencia. Lo que debía ser un encuentro llevaba tiempo convirtiéndose en producto. Ahora la Junta despliega escenarios de quita y pon para celebrar el día de la Comunidad: conciertos programados al milímetro donde todo funciona, todo suena y todo encaja. Nos reconoceremos en la música, piensan. Pero esto no convoca. No es una fiesta, es un formato; una estructura que no nace de una identidad compartida, sino de un modelo que convierte la pertenencia en consumo. En León, esa melodía suena especialmente forzada, como una pieza mal encajada en un puzle que no le pertenece. Donde ya hay una identidad, imponen el espectáculo; donde late una memoria, levantan un decorado. Al mirar hoy estas tarimas tan asépticas, uno siente la tentación de agacharse de nuevo para buscar aquel refugio de polvo y cables. Pero bajo estos escenarios oficiales ya no hay hueco para esconderse. No hay dragones, ni misterio, ni rastro de nosotros. Solo queda un armazón impecable y la certeza de que, aunque estemos en primera fila, la voz que retumba por los bafles ya no es la nuestra.

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