El miliciano leonés redimido del olvido por su nieto francés
Paulino Blanco Antérez, reconocido como víctima de la Guerra Civil con la reparación jurídica del Gobierno

Santa Fernández Blanco, Francisco Javier Blanco y Francisco Hallado con la reparación de Paulino Blanco Andérez.
Cuando a finales de los años 90, Javier Blanco leía en el periódico francés Libération que los nietos de los desaparecidos de la Guerra Civil y el franquismo buscaban sus abuelos en las fosas, no era consciente del boquete que acababa de abrir en la memoria familiar.
Recordó entonces que, siendo un niño de ocho o diez años, le preguntó a su padre por el abuelo Paulino. «Me dijo que había muerto en la guerra de una explosión de cartucho». Por supuesto, el niño no sabía ni qué en qué guerra ni cómo un cartucho mataba a un hombre, Asumió que la explosión acabó con la vida de aquel hombre difuso, del que su padre no hablaba.
«Tuve un entorno familiar bastante complicado. Conocí muy tarde mis orígenes», comenta cuando ya ha ajustado cuentas con el pasado y tiene la satisfacción de tener en sus manos un documento del Gobierno de España que reconoce que su abuelo «padeció persecución por razones políticas e ideológicas durante la Guerra de España».
Ha pasado más de un cuarto de siglo desde que Javier Blanco empezó a escarbar en la fosa de la memoria. Los restos de su abuelo siguen en paradero desconocido.
Paulino Blanco Andérez nació en Barruelo, provincia de Palencia, en junio de 1905. Fue el último hijo de Casto Blanco e Isabel Andérez. Es difícil reconstruir su vida hasta que en 1929 emigra a Francia y se asienta como minero Ville de Raismes, en en el límite con Bélgica, donde trabajó en una mina. Para entonces ya estaba casado con Leonisa Rozas Lora, de Olleros de Sabero, que seguiría el camino de la emigración con su hija pocos meses después. La hermana mayor de Paulino, Valentina, estaba casada y afincada en Francia desde los años 20, lo que facilitó su asentamiento en la región de Valenciennes.

Paulino Blanco Andérez.
Con la proclamación de la II República Paulino y su familia retornaron a España, posiblemente al valle de Sabero, aunque el domicilio que figura en la partida de defunción es Cármenes. Lo que se sabe a ciencia cierta, porque así figura documentalmente en los archivos, es que en 1937, Paulino trabajaba como minero y estaba afiliado a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), el sindicato mayoritario en aquella época, de corte anarquista.
Paulino se enroló en el 6º Batallón Asturias de la CNT, como parte de las milicias republicanas, en marzo de 1937. Apenas dos meses después, el 20 de mayo, falleció a consecuencia de la explosión de un cartucho, tal y como figura en el acta de defunción que se emitió en Cármenes el 18 de septiembre de 1940. Tenía 31 años y estaba viuda. Su esposa Leonisa, pariente del legendario minero que declaró la república en Cistierna en 1917, Diego Rozas, había fallecido poco tiempo antes. Dejaron dos hijos: Lucinio, padre de Francisco Javier, y Consolación, a quien toda la familia llamaba Isabel como su abuela, la madre de Paulino.
Lucinio acabó emigrando también a Francia, al mismo lugar donde habían emigrado sus padres. Allí nació Francisco Javier, que es Javier en España y Xavier en Francia, por los azares de la doble inscripción de su nacimiento, en el Registro Civil francés y en el consulado español.

Listado de la CNT con nombres de milicianos del 6º Batallón Asturias y Paulino señalado con una flecha.
Cuando empezó a reconstruir la memoria de su abuelo, Javier contactó con Encina Cendón, que entonces era la presidenta de Aerle (Asociación de Estudios para la Represión en León). «Tu abuelo es un desaparecido», le dijo. Se desconoce dónde está enterrado y no han logrado pistas para hacer la búsqueda de sus restos.
Cuando se inauguró la capilla laica del cementerio de León, donde están inscritos los nombres de más de mil personas represaliadas, le avisaron de que el nombre de su abuelo formaba parte del memorial democrático. Vino a verlo, aunque se llevó una pequeña decepción porque el segundo apellido, Andérez, se escribió erróneamente Andrés.
Su padre ya no vivía y «fui a ver mi tía Isabel para comunicarle que el nombre de su papá estaba en la capilla laica». «Hiciste bien», le dijo a su sobrino sobre su empeño en reconstruir la memoria de su abuelo hasta donde ha podido. Un proceso que le ha tocado en su propia historia y que ha logrado atravesar con la información que ha ido adquiriendo sobre la guerra y la represión en los cursos de verano que organiza el profesor de la Universidad de León Javier Rodríguez, en Cistierna.

Documento de reparación firmado por el ministro Ángel Víctor Torres, junto a la carta que comunica la concesión.
A Javier le pesa que aún no se haya corregido el nombre de la placa en el cementerio, pero al enterarse de que la Ley de Memoria Democrática de 2022 contempla la declaración de reconocimiento y reparación personal decidió cerrar el círculo y la solicitó.
El ministro Ángel Víctor Torres firmó el reconocimiento el pasado 19 de febrero. «Don Paulino Blanco Andérez tiene el derecho al reconocimiento y a la recuperación de su memoria personal, familiar y colectiva al estimarse que su circunstancia le hace ser considerado como ‘víctima’, según el artículo 3.1 de la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática», dice el texto.
«Es un documento simbólico, pero para mí es más que simbólico: es dar una visibilidad a su destino para la memoria y para la democracia», señala su nieto Javier que se desplazó desde Francia para compartir el hito con sus primos Santa Fernández Blanco, hija de Isabel, y Francisco Hallado, su esposo. «Valoramos su esfuerzo por conseguirlo. Es muy importante», afirman. Paulino sigue desaparecido, pero no está olvidado.