Diario de León
Fervienza. david campos, 2026

Fervienza. david campos, 2026

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Alberto Flecha

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La ventana al inframundo se abre en el centro de un prado entre la hierba. Un día ardiente de julio, las cigarras zumbando alrededor. Para llegar hasta allí hay que alejarse de los caminos y cargar las bicicletas al hombro, atravesar una cancilla, apartarse sudando de las sombras alargadas de los chopos para llegar al centro del verde. Bajo el sol, un círculo de niños tumbados en el suelo, asomados en torno a la pequeña apertura. Se ven reflejados en el agua, pero su mirada va más allá, más allá de los zapateros y de los insectos acuáticos que parecen volar hacia una profundidad cada vez más oscura, entre trazos de sol que alumbran unos destellos verdes que se alejan hacia el vértigo entre paredes de barro y piedras. Los niños ya saben que ese manantial estaba ahí, pero aun así el abismo los absorbe como un hechizo. De pronto uno da el paso y sumerge la cabeza; con los ojos bien abiertos mira a lo más hondo y absorbe, y de pronto todo el ardor de esa tarde y de todas las tardes del verano desaparece por ensalmo de su cuerpo. Siente el impacto helado clavándose en las sienes como la lección de física más elemental, el peso denso del agua actuando como un escudo capaz de absorber el calor antes de que evapore la vida.

Pienso en ese frescor bautismal, un recuerdo infantil junto a un manadero en el monte como uno de los actos más instintivos de mi existencia. Y lo pienso ante este ardor que viene, quizás no el de la guerra ni el de la tensión a la que nos someten quienes quieren ver arder el mundo, porque esto no son más que los síntomas; la fiebre sube cuando están en juego los recursos que alimentan la carrera tecnológica, los pilares materiales del poder. Hace unas semanas, en una calle de Ereván, escuché a alguien hablar sobre el actual aislamiento geopolítico de Armenia con esperanza. Tenemos agua, agua por todas partes, pronto van a tener que fijarse en nosotros. Cuando el mundo entero dependa de servidores ardiendo noche y día, van a necesitarnos. Una reflexión que no es más que el espejo de la sospecha. Nos vendieron la inteligencia artificial que ya mueve el mundo como una nube, pero en realidad es un incendio. El algoritmo tiene una sed física, insaciable, y sufre de una temperatura perpetua. Exige millones de hectómetros cúbicos de agua helada para enfriar sus templos de servidores y convierte los acuíferos del mundo en reservas estratégicas de una nueva fiebre colonial. Tal vez por eso empiezo a mirar de otra manera nuestras montañas, los pantanos, las vegas frías donde siempre creímos vivir lejos del centro del mundo. Porque el poder nunca deja vacíos los lugares donde brota el agua. Y quizás algún día, mientras las máquinas continúan ardiendo al otro lado de las pantallas, otros niños vuelvan a tumbarse sobre la hierba junto a un manantial, mirando hacia el fondo oscuro de la tierra sin saber todavía que ahí, en esa agua fría capaz de apagar el fuego, están contemplando el verdadero centro del mundo.

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