Diario de León
Ladera quemada, 2025.

Ladera quemada, 2025.DAvid Campos

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Alberto Flecha

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El fuego se alimenta del despojo. Lo hace desde que la primera materia orgánica vegetal ardió tras el impacto de un rayo en el Devónico. En las eras geológicas primitivas, la llama era un ciclo metabólico circular, profundamente ligado a la geología de la montaña: la urz ardía para que la ceniza alimentara el suelo y la destrucción abría espacio a un nuevo brote. Siempre ha habido ganadores y perdedores en el gran inventario de la materia, pero la violencia de la llama obedecía a una constante metabólica del planeta, a una purga física e indiferente del sustrato.

El fuego sigue siendo exactamente el mismo proceso químico, la misma violencia mineral, pero lo que ha cambiado es aquello que encuentra para comer al bajar por la ladera. Durante siglos encontró una montaña llena de interrupciones. Un prado. Una huerta. Un camino de carros. Un rebaño. Una finca recién limpiada. La presencia humana fragmentaba el combustible igual que un río fragmenta los sedimentos. Ahora la montaña vuelve a cerrarse sobre sí misma. La vida se concentra en unos pocos núcleos cada vez más densos, mientras el resto del territorio queda fuera del cálculo, abandonado a su suerte como una inmensa zona de sacrificio. La escoba cubre los senderos. El matorral invade las lindes. En el lugar en el que había una mujer junto al fuego, ahora hay una ventana rota; donde sonaban los cencerros, ahora crece una maleza sin fin. El Devónico terminó hace cientos de millones de años, pero la llama continúa aquí. Lo que ha cambiado es el combustible. En el Capitaloceno, todo lo que deja de ser rentable acaba convirtiéndose en alimento para el fuego. Lo hemos visto mil veces en el monte. El incendio avanza por la ladera con el zumbido sordo de un soplete gigante y, en el borde de las llamas, un hombre con un uniforme amarillo golpea el suelo con un batefuegos de goma. A su espalda hay miles de hectáreas de monte espeso; delante, una herramienta de caucho, dos brazos sudorosos y un depósito de agua cargado a la espalda. La noticia del periódico hablará luego de presupuestos, de cuadrillas y de carencias en los partes oficiales, pero en esa esquina del mapa la realidad se reduce a una pregunta más antigua: cuánto tiempo puede una sociedad seguir retirando manos del territorio antes de que el territorio reclame su ausencia. Con los primeros calores volveremos a mirar las columnas de humo y a preguntarnos por qué arde el monte. La respuesta será la misma de siempre. La llama sigue obedeciendo a la misma ley. Sigue alimentándose de aquello que dejamos atrás. Por eso los incendios de hoy no arden solo con urz y madera vieja. Arden también con pueblos vacíos.

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