Diario de León

Misioneros: la dicha de padecer con el otro

La Diócesis reúne a los 216 religiosos leoneses que desarrollan su labor en comunidades indígenas, hospitales, escuelas o barrios marcados por la pobreza

Imágenes de los misioneros, participantes y el obispo de León.

Imágenes de los misioneros, participantes y el obispo de León.VIRGINIA MORÁN/ DIÓCESIS

Cristina Fanjul
León

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Una misión es una lucha vital, una vocación que nace de la necesidad de compadecer al prójimo, de padecer con el prójimo, una voluntad de abandonarse para comenzar de nuevo, un renacimiento en los demás. Esta es la historia que celebra el Día del Misionero Diocesano, la de personas que llevan medio siglo de vida en Guatemala, Ecuador o Mozambique, que vieron crecer generaciones enteras de alumnos tras alcanzar comunidades a las que parecía imposible llegar, con cambios sociales y políticos que difícilmente habrían imaginado cuando abandonaron León.

Todos los veranos algunos de ellos regresan durante unas semanas a la provincia. Es el momento de reencontrarse en una jornada que este año se ha celebrado bajo el lema «Gracias de corazón» y que pretende reconocer el trabajo de los 216 misioneros leoneses repartidos por 45 países, además de recordar a los 152 que ya han regresado.

El acto, culminado con una eucaristía presidida por el obispo de León, Luis Ángel de las Heras, tuvo un marcado carácter testimonial. Más allá de los mensajes institucionales, fueron los propios misioneros quienes explicaron cómo han cambiado los lugares en los que viven, cuáles son hoy los principales retos de la evangelización y de qué manera la misión ha transformado también su propia forma de entender la vida.

Uno de los testimonios más significativos fue el de un sacerdote que lleva cincuenta y dos años en Guatemala. Durante ese tiempo ha trabajado en la enseñanza, en la formación teológica y, en los últimos años, en la recuperación de la memoria de los catequistas y religiosos asesinados durante el conflicto armado. Su intervención estuvo muy lejos del relato heroico. Habló de la dificultad para llegar a determinadas comunidades, de la enfermedad, de la violencia que marcó durante décadas la vida de muchas poblaciones indígenas y de la necesidad de seguir defendiendo los derechos humanos en contextos donde hacerlo podía costar la vida.

También intervino la religiosa María Martínez, escolapia y misionera en Ecuador desde hace treinta y seis años. Explicó que su vocación nació después de asistir a una charla sobre la misión capuchina en la Amazonía y conocer el asesinato de dos religiosas que trabajaban en la zona. A pesar del impacto que le produjo aquel testimonio, decidió dar el paso y formar parte de la comunidad que se trasladó al país sudamericano. Desde entonces ha dirigido centros educativos, ha recorrido comunidades amazónicas y ha impulsado un proyecto de formación para mujeres en uno de los barrios más vulnerables de Quito, convencida de que la educación sigue siendo la herramienta más eficaz para transformar una comunidad.

Ambos coincidieron en una idea que suele repetirse entre quienes han pasado buena parte de su vida en las misiones: la sensación de que el aprendizaje ha sido mutuo. Quien llega con la intención de ayudar descubre con el tiempo que también recibe una manera distinta de entender la familia, la comunidad, la solidaridad o la fe.

El obispo recordó que la tradición misionera forma parte de la identidad de la Iglesia de León y defendió que la dimensión evangelizadora no depende únicamente del número de religiosos enviados al extranjero. A su juicio, una Iglesia verdaderamente misionera es aquella que permanece abierta a los demás y entiende la fe como una forma de servicio, una idea que enlaza con el proceso sinodal que vive actualmente la diócesis. León mantiene hoy presencia misionera en cuarenta y cinco países de los cinco continentes. Detrás de esa cifra hay centenares de historias personales que comenzaron hace décadas con una decisión difícil: marcharse sin saber cuándo volverían. Muchos regresan cada verano durante unos días, pero todos coinciden en que una parte de su vida quedó para siempre en aquellos lugares donde aprendieron que la misión consiste, sobre todo, en compartir la vida con los demás.

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