Imagen en la que se puede observar un paisaje con dos aspectos diferentes.dl

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Alberto Flecha

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El primer helicóptero suele llegar antes que las preguntas. Durante un rato no se distingue el incendio. Solo se oye el bateo seco de los rotores cortando el aire y, más tarde, el olor a quemado que baja por las cuestas. Después aparecen las cámaras esperando en un cruce y las autoridades despliegan mapas sobre el capó de los coches. Para cuando el humo sale en el telediario, el monte ya lleva varias horas ardiendo. El helicóptero llega para apagar el fuego, pero desde el momento en que aparece inaugura también otra cosa: el tiempo de la respuesta política.

Un bombero me dijo hace poco que la temperatura insoportable siempre va por delante de las llamas. Lo decía hablando del frente de fuego, de esos metros previos donde todavía no arde nada y, sin embargo, ya no se puede estar. Esa frase de pronto se me antoja como una metáfora de una división insalvable. Cuando el fuego se hace visible, las condiciones que lo hicieron inevitable llevan años acumulándose fuera de lo que se nos ofrece ante la vista. Cuidar un territorio exige una atención que ocurre en un tiempo distinto al de la urgencia y las pantallas: el del saber cómo crece la urz en el abesedo, cómo se acumula la humedad en los llamargos o por qué rendijas se mete el viento. Son saberes prácticos que no dejan rastro en los documentos públicos. No caben en un SIG, no tienen indicadores de gestión, no se pueden presentar en una rueda de prensa ante los medios de comunicación. Solo cuando el monte arde vuelven a adquirir valor, pero entonces ya están traducidos a un lenguaje que la administración sabe convertir con facilidad en protocolo y visibilidad: en gestión de la emergencia. El monte, mientras tanto, no sabe de legislaturas. Las urces crecen sin enterarse de quién gobierna y un robledal necesita décadas para recuperar lo que las llamas engullen en dos horas. En esa asimetría aparece una de las contradicciones de nuestro tiempo: la prisa de la gestión -que interpretamos como la verdadera politica-frente a la lentitud orgánica del paisaje. Cuando las sirenas se apagan y los helicópteros regresan a sus bases, sobre las cuestas solo permanece la ceniza caliente y el chasquido de los troncos carbonizados. Volverán los despachos a calcular hectáreas en los partes oficiales y a redactar planes de prevención. Se hablará de presupuestos y brigadas, pero será mucho más difícil medir la pérdida de esa memoria que durante generaciones sostuvo la vida en los pueblos. La ceniza tarda pocos días en enfriarse; el saber práctico que permitía leer el monte antes de que se volviera noticia necesita muchas generaciones para formarse y una sola para perderse.

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