Diario de León

Ana Isabel Blanco, catedrática leonesa: "El efecto del acoso en redes a una mujer recae en todas"

La catedrática de Sociología de la Universidad de León participó en el Congreso Internacional «Género, Derechos y Democracia en la Sociedad Contemporánea", en la Universidad de Évora. Desde la Sociología plantea que la violencia digital no es solo la prolongación en internet de las agresiones tradicionales, sino una tecnología de control patriarcal característica de la sociedad red.

Ana Gaitero
León

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—Las redes nacieron como un elemento de democratización de la comunicación ¿Se ha logrado ese objetivo a pesar de la violencia y el odio que destilan en algunos frentes?

—Sí, pero sólo parcialmente. Las redes sociales han democratizado el acceso a la comunicación en un sentido muy importante: hoy muchas personas pueden participar en el espacio público sin depender de los medios tradicionales. Han permitido visibilizar problemas que antes permanecían ocultos y han dado voz a colectivos históricamente marginados. Sin embargo, la sociología nos enseña que ninguna tecnología es neutral. Las redes no funcionan al margen de la sociedad; reproducen muchas de sus tensiones, desigualdades y relaciones de poder. Por eso, junto a las enormes posibilidades que ofrecen para la participación democrática, también han amplificado fenómenos como la desinformación, los discursos de odio o las distintas formas de violencia digital. El reto, por tanto, no consiste en decidir si las redes son buenas o malas. La pregunta sociológicamente relevante es otra: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo a través de ellas? Las redes no crean las desigualdades, pero las hacen circular a una velocidad inédita.

—¿Cómo se acerca desde la sociología a este fenómeno?

—La Sociología tiene una ventaja muy valiosa: nos ayuda a mirar más allá de lo evidente. Cuando observamos un fenómeno como la violencia digital, la primera reacción suele ser preguntarnos quién agrede, quién es la víctima o qué plataforma se ha utilizado. Todas esas cuestiones son importantes, pero la pregunta sociológica no es quién agrede, sino qué nos revela esa agresión sobre la sociedad. Ése ha sido mi punto de partida. Más que estudiar la ciberviolencia como un problema exclusivamente tecnológico, me interesa comprender qué función cumple dentro de las relaciones sociales. Mi hipótesis es que estas formas de violencia no son hechos aislados, sino mecanismos que contribuyen a reproducir desigualdades que ya existían antes de Internet. Por eso, no me centro en agresiones concretas, intento analizar las estructuras sociales que las hacen posibles y los procesos mediante los cuales esas desigualdades consiguen adaptarse a un contexto nuevo como el digital. La aportación específica de la Sociología es ayudarnos a comprender que los problemas individuales suelen tener raíces sociales mucho más profundas.

—¿Por qué la violencia digital es un síntoma y de qué?

—La forma en que definimos un fenómeno condiciona también la forma en que intentamos resolverlo. Si entendemos la violencia digital únicamente como un problema, corremos el riesgo de pensar que basta con eliminar determinados contenidos, sancionar a quienes agreden o mejorar la regulación de las plataformas. Todo eso es necesario, pero no suficiente. Los síntomas nos alertan de que existe una realidad más profunda que debemos explicar. Desde nuestra disciplina, la violencia digital no aparece como un fenómeno aislado, sino como una manifestación de relaciones de desigualdad que preceden a Internet y que encuentran en el espacio digital nuevas formas de expresión. Por eso me interesa menos preguntarme por qué determinadas personas insultan en las redes que comprender por qué esas agresiones se dirigen de forma tan sistemática contra determinados colectivos y qué función desempeñan en la reproducción de esas desigualdades.

—La violencia digital hacia las mujeres. ¿Es más que un reflejo de la desigualdad?

—Sí. Decir que la violencia digital es un reflejo de la desigualdad ya supone un avance respecto a pensar que se trata de hechos aislados, pero podemos ir un poco más allá. Mi planteamiento es que no sólo refleja una realidad previa, sino que también participa activamente en su reproducción. Las redes no se limitan a reflejar la sociedad. Son espacios donde se construyen relaciones, se generan expectativas y se condicionan comportamientos. Cuando determinadas mujeres reciben campañas de acoso, amenazas o intentos de silenciamiento, el efecto no recae únicamente sobre ellas. Muchas otras observan esas situaciones y adaptan su forma de participar, de opinar o incluso de exponerse públicamente. Es, a mi juicio, lo más relevante; es un mecanismo contemporáneo de reproducción de las desigualdades de género.

—¿Con las mujeres esta violencia adquiere formas que la diferencien de otras violencias?

—Sí. Todas las formas de violencia tienen rasgos comunes, pero la violencia dirigida contra las mujeres incorpora elementos específicos que están estrechamente relacionados con la desigualdad de género. No se trata sólo de insultar o amenazar; con frecuencia se intenta controlar el cuerpo, cuestionar la credibilidad, desacreditar la competencia profesional o expulsar a las mujeres de los espacios de participación pública. Es significativo que muchas de las agresiones digitales se centren en aspectos que apenas aparecen cuando las víctimas son hombres: la apariencia física, la sexualidad, la maternidad o la legitimidad para ocupar determinados espacios de poder. Eso nos indica que estas violencias no actúan al azar, sino que reproducen estereotipos y relaciones de dominación que llevan siglos formando parte de nuestra organización social. Por eso me parece importante no reducir este fenómeno a un problema de convivencia en Internet. La violencia digital dirigida contra las mujeres tiene una dimensión de género muy clara. No solo pretende causar daño a una persona concreta; también transmite un mensaje sobre quién puede participar libremente en el espacio público y en qué condiciones puede hacerlo.

«Muchas agresiones digitales a mujeres se centran en el físico, la sexualidad, la maternidad o el acceso al poder, cosa que no sucede con los hombres"

—El bullying, LGTBIfobia, racismo… pululan en las redes. ¿Son las mujeres el mayor blanco de las violencias digitales?

—El racismo, la LGTBIfobia, el acoso escolar o los discursos de odio encuentran hoy en las redes una capacidad de difusión y de impacto extraordinaria. Sería un error establecer una especie de competición entre ellas. Lo relevante es qué relaciones de desigualdad expresa cada una de estas violencias y qué función desempeñan en su reproducción. En el caso de las mujeres, la violencia digital adquiere una especificidad que tiene que ver con el carácter estructural de la desigualdad de género. No es un problema que afecte únicamente a un colectivo determinado, sino una forma de estratificación social que atraviesa la organización de nuestras sociedades. La distribución desigual del poder, del tiempo, de los cuidados, de las oportunidades o del reconocimiento continúa estando profundamente marcada por el género. Además, muchas mujeres experimentan formas simultáneas de desigualdad. El género puede entrecruzarse con la etnia, la orientación sexual, la discapacidad, la edad o la posición socioeconómica, intensificando las situaciones de vulnerabilidad. Incorporar una mirada interseccional resulta imprescindible. La violencia digital no sólo causa daño a quienes la sufren directamente. También contribuye a reproducir un orden social desigual al condicionar quién participa, quién se expone y quién acaba retirándose del espacio público. Por eso me interesa menos establecer jerarquías entre violencias que comprender el papel que cada una desempeña en la reproducción de las distintas formas de desigualdad.

—¿Se necesita un nuevo consenso de valores democrático para poner límites a las redes?

—El desafío es cómo llevar hasta sus últimas consecuencias uno de los principios fundamentales sobre los que ya se asientan nuestras democracias: la igualdad entre mujeres y hombres. Con frecuencia damos por supuesto que ese consenso ya existe porque la igualdad está reconocida jurídicamente y forma parte del discurso público. Sin embargo, una cosa es el reconocimiento formal de un valor y otra muy distinta su incorporación efectiva a la vida social. Las resistencias actuales muestran que la igualdad de género continúa siendo uno de los principios democráticos más cuestionados, aunque no siempre de forma explícita. Las redes sociales ponen de manifiesto esta contradicción. Han ampliado extraordinariamente las posibilidades de participación y de expresión, pero también han hecho visibles mecanismos de exclusión y de silenciamiento que creíamos superados. En ese sentido, funcionan como un excelente observatorio para comprender hasta qué punto la igualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una tarea inacabada. Por eso creo que el debate no debería centrarse únicamente en qué límites imponemos a las plataformas digitales. La cuestión de fondo es más amplia: ¿estamos realmente dispuestos a asumir la igualdad entre mujeres y hombres como un principio democrático irrenunciable, también cuando cuestiona privilegios y relaciones de poder profundamente arraigadas?

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