Diario de León

EL RETROVISOR

Guardianes de la tradición

Pendón y bandera.

Pendón y bandera.David Campos

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Alberto Flecha

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Un pendón concejil puede levantar quince metros de tela y madera sobre un solo cuerpo. Pesa, tira, vence hacia un lado con una obstinación casi animal. El que ha pujado alguno lo sabe: hay que sujetarlo con un arnés de cuero a la cintura y corregirlo con los remos cuando sopla el viento. Quien lo lleva no representa un símbolo sino que carga físicamente con él. Lo que sostiene en vilo sobre el suelo no es una alegoría amable del pasado, sino varias decenas de kilos de vara y paño que amenazan a cada racha con tumbarlo contra el suelo.

La disputa que ha surgido sobre la indumentaria en la romería de San Froilán no es una riña sobre ropa, sino sobre quién manda en ese esfuerzo. Las bases municipales sugerían una «imagen uniforme y adecuada»: camisa blanca, pantalón oscuro y fajín, o traje tradicional completo. Los organizadores defienden la compostura del desfile, la pulcritud sin estridencias para la gran procesión de la capital. Treinta y nueve pueblos han respondido plantándose: esa uniformidad borra de un plumazo lo más importante que llevan a las calles de la capital; su diferencia y su identidad. El fajín tiene una ventaja indudable: fabrica pasado de inmediato, viste el bulto y ofrece a la mirada del consumidor, del turista, una estampa reconocible, limpia y clausurada de lo que “debe de ser la tradición”. La camiseta de algodón estampada con el nombre del pueblo, en cambio, rompe el decorado. Tiene algo excesivamente reciente, una aspereza de plástico y serigrafía barata que desentona en el folclore de postal. Recuerda que detrás del mástil no desfila una comparsa de figurantes, sino una junta vecinal que todavía puede discutir la presencia de un consultorio, el arreglo de una presa o la cuota del agua. Un grupo humano que manifiesta junto a su estandarte y bajo todas las miradas la proclama más dura y política que existe: “estamos aquí”. La tentación del patrimonio siempre es idéntica: ordenar lo vivo para que resulte presentable. Domesticar la memoria; peinarla con esmero hasta que encaje en el folleto turístico y en la retina complaciente de quien consume el territorio como un escenario de fin de semana. Ocurre cuando el paisaje deja de ser un lugar de trabajo y conflicto para transformarse en imagen de marca. Pero una tradición no permanece porque se congele en un museo al aire libre, sino porque sus herederos aún conservan la fuerza para disputar sus formas. El pendón se inclina donde sopla el aire, y quienes se dejan los riñones bajo la vara son los únicos que tienen derecho a decidir con qué ropa quieren sudar y construir su propia fiesta. Reclamar que están vivos antes de que los entierren.

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