Miguel Pérez 'Trébol', proyeccionista: «Yo soy el Totó de ‘Cinema Paradiso’ de León»

«Trébol, el proyeccionista», película-documental de Bal Ferrero que cuenta la vida del operador cinematográfico de Veguellina de Órbigo, entra en concurso en el Barciff de Barcelona y el Lift-Off Global Network Sessions 2026

Miguel Pérez García, 'Trébol', con una película en el Museo del Cine de Veguellina de Órbigo.ángelopez

León

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Miguel Pérez García, el pequeño de los Trébol de Veguellina de Órbigo, iba a la chatarra para sacar dinero para ir al cine cuando era un chaval. «Una vez cada dos meses, no te creas que daba para más», matiza. La época dorada del cine se extendía por los pueblos como por arte de magia y Trebolín fue parte de la legión de proyeccionistas —operadores cinematográficos, precisa él— que llevó los sueños de celuloide a la población rural leonesa.

«Vengo de una familia del barro, de la cota cero... Mi hermano valía para estudiar. Yo, con 13 años, entré en un taller electromecánico». relata al reconstruir una vida que empezó el 29 de junio de 1957. «Salía de la escuela, le daba la cartera al vecino y marchaba corriendo al taller». Su relato, como su vida, está lleno de pasión. Meterse en las tripas de los Bandini, Renault o Barreiros, marcas icónicas de los años 60, fue su primera aventura con los cables.

Una escuela que le sirvió, con el tiempo, para entrar como ayudante de electricista en la Azucarera de Veguellina de Órbigo. Coches o tractores llegaba a casa con las manos y los pantalones enfroscados de grasa. Aún recuerda las reprimendas de su madre.

Miguel tuvo otra escuela tanto o más importante que el taller. «Con 14 años conocí a Adolfo García, «Fines», le dije que quería ver la máquina del cine, así que me invitó a ir a con él a preparar la película que iba a poner» en el Gordón, el primero de los dos cines que hubo en Veguellina. «El Gordón abrió en 1946 y el Apolo en 1949», cuando Trébol aún no había nacido.

Trébol en su silla de operador cinematográfico.ÁNGELOPEZ

Cuando entró en la cabina se encontró con el proyector Ossa 6C no sabía que gran parte de su vida iba a girar en torno al cine y que, a partir de entonces, vería centenares de películas a través de la ventanilla de la sala de proyecciones sin perder de vista, ni un segundo, la cinta de celuloide que giraba en la bobina del proyector.

«Vete tocando», le dijo Fines. «Así empezamos, de aprendices», comenta en un plural mayestático y solemne. «Los domingos allí estaba como un cohete», remarca.

«Fines y yo éramos como Alfredo y Totó de «Cinema Paradiso»», dice con tanto respeto como orgullo de haber crecido al lado del operador cinematográfico. La curiosidad fue y es el acicate de Trábol en su viaje vital que ha desembocado en una película de la que es protagonista.

«Trébol. El Proyeccionista» es un largometraje documental con dosis de ficción que explora la figura histórica del proyeccionista y narra la llegada de la magia del cine a los pueblos españoles a través de la memoria. Bal Ferrero es el director de este biopic que mete literalmente a Trébol en una película dentro de su película en la que participan artistas como Amparo Climent, que se quedó deslumbrada en la primera exposición de 2015.

A los 16 años cambió de taller donde se entrenó en el arreglo de motores de todo tipo. El oficio se le daba superior. Como si hubiera nacido para ello, arreglaba todo tipo de motores, de trilladoras, ordeñadoras, de tractores; además, hacía instalaciones eléctricas en casas, reparaciones del alumbrado público... en cualquier pueblo, desde La Magdalena a La Sequeda o a Soria.

La linterna mágica, el aparato más antiguo que tiene en su colección de 150 proyectores.ÁNGELOPEZ

Taller y cine. Cine y taller. Esa era su vida. «A Adolfo le llaman para Benavides de Órbigo al cine Imperial». Al cabo del tiempo llamó a Miguel: «Se entraba a la cabina por delante de la pantalla y había dos modelos de Ossa más antiguos», recuerda.

A Fines se lo rifaban y le llamaron para el cine Tagarro de Astorga. «Yo quedé en Benavides unos meses hasta que me llamaron a la mili», explica. Iba en moto, una Mobilette que aún recuerdas sus amigos. «Iba los domingos y a veces también los jueves, cuando se ponían las del oeste», su género favorito por antonomasia y la razón por la que «Trébol, el proyeccionista» ha escogido entre sus lugares de rodaje el cementerio de San Gil de Burgos, donde se rodó la legendario «El bueno, el feo y el malo» en 1966. El cine ha sido el sueño de su vida y rodar escenas de la película que protagoniza en este escenario colmó sus ilusiones.

En Benavides, apunta, «enseñé a otros chicos para cuando estuve en la mili», anota en otro fotograma del recuerdo digno de su talante. «En 1978 fui a la mili, hice el CIR 9 de San Clemente de Sasebas Figueras, Gerona». A Miguel Pérez no se le escapa un detalle. Hubiera sido también un magnífico script. «Cuando volví en agosto de 1979 había cerrado el cine; me encontró Adolfo y me dijo que fuera a Astorga».

Miguel Pérez García, Trébol, entre sus queridas máquinas de cine.ÁNGELOPEZ

En el Tagarro se daba el cine con dos proyectores, dos Ossa 6 C. «Un día me dije: Voy a ver al jefe». Se presentó en la cabina y «estaba él solo, no estaba Luciano, su ayudante». Fue llegar y besar la cinta. «Cuando te diga arranca los carbones, da la luz y yo cierro y tú abres este», le dijo Fines. Trébol quedó fichado para las proyecciones de Astorga. «Adolfo era pintor, así que yo iba a la primera sesión y él a la segunda», explica.

En aquellos tiempos, las copias llegaban con un papel que señalaba con rayas finas los piquetes y empalmes. Había que revisar y reparar si era necesario antes de la proyección. Nunca se les baía estropeado un proyector, «porque los teníamos siempre a punto». Pero en una ocasión, en Astorga, se vio en un apuro de campeonato. «Se rompió el eje de la polea y había que dar la película como fuera».

Trébol no falló. «Me pasé toda la película dando vueltas a la bobina» y se inventó un truco para poner la segunda cinta en marcha sin parar la proyección, sacando 22 metros de película y haciendo el empalme con un pincel de acetona.

Cuarenta años después, Miguel arregla todo lo que cae en sus manos. Y si no se puede, queda en la «oficina» para piezas. En 1980 entró a trabajar en la azucarera como ayudante del oficial eléctrico, Clemente Fernández Fernández, «Cañinas». Lo del cine se convirtió en una actividad esporádica y al año y medio cerró la sala. «La gente dejó de ir», dice arrastrando la voz ante el triste recuerdo.

Los videoclubs fueron el recambio temporal de la pantalla de los sueños... Luego llegaría la era digital, las plataformas, las series... todo el ecosistema audiovisual que marca la industria del entretenimiento del siglo XXI.

Sin casi darse cuenta y a cuenta de un accidente de avión —esto parece de otra película— Trébol se convirtió en coleccionista de proyectores y todo tipo de utensilios para ver cine. En 1996 cayó en sus manos un aparato de Canarias que le ofreció un mecánico de aviación en un festival aéreo en Valladolid tras contemplar en directo el trágico accidente durante unas acobracias. El proyector «Mateo», que venía desde Canarias, inauguró una colección de más de 150 aparatos de cine que abarcan desde el nacimiento del séptimo arte, con una linterna mágica de 1895-1900 y recorre una historia de más de un siglo hasta el último proyector que hubo en los Cinebox de Barcelona hasta 2004.

Miguel muestra uno de sus proyectores, todos en funcionamiento.ÁNGELOPEZ

«Todos funcionan», recalca Trébol mientras repasa algunas de las joyas como el Kinoton digital que trajeron de Miranda de Ebro, de la marca Phillips, que precisó de «seis tíos» para desmontarlo y ni se sabe cuánto en volverlo a ensamblar y poner en funcionamiento. «Mi profesión me ha ayudado a ponerlos en marcha».

Treinta años después, entrar en el Museo del Cine de Veguellina de Órbigo —aunque aún es un almacén en un local municipal en la calle Pío de Cela,3— es una experiencia que rebasa la mera contemplación de máquinas, carteles y hasta un patio de butacas.

Miguel Pérez, galardonado con la Medalla Lumiére en 2016, y premio de honor en el Festival Luna de Cortos de 2026 hace de las visitas una aventura digna de la gran pantalla. Es todo un personaje que Bal Ferrero recrea en «Trébol, el proyeccionista. Una historia real con un guiño al surrealismo». Después de año y medio de rodaje y de una acogida excepcional en el preestreno en Astorga, el documental-película rula ya por festivales.

La película concursa en el Barcelona Indie Filmmakers Fest (Barciff) 2026 y acaba de ser seleccionada para Lift-Off Global Network Sessions 2026. Lift-Off Global Network. «Dos nuevos impulsos para una historia que celebra la magia, la memoria y el oficio del cine», señala Ferrero.

«Esta película la hemos dedicado a todos todas las personas que hicieron posible la magia del cine desde sus comienzos, es una historia real», recalca el protagonista.

El sueño de Trébol estará completo cuando logre un verdadero Museo del Cine en su pueblo. «Nadie se piensa que en un pueblo como este haya algo de tanto categoría y, sobre todo, que funcione», apunta. El proyeccionista real se va a la cama dando vueltas al carrete en busca de soluciones.

El último proyector que llegó a sus manos es un Yelco Super 8 con sonido magnético. Tenía la correa podrida y sucia y la lámpara fundida. Ossa, Victoria, Crishti, Prevost, Hispania, Pathe Cok, Marin, Marin, Bolex, Philips, Mp30, Sankio, Eumig, Multi kino, Bauer son algunos de los nombres que rodean a Trébol en su día a día en la sala de exposiciones y el taller.

En la entrada cuelga, junto a reportajes y medallas, una foto muy especial. «Mi padre, José Pérez Fernández, de Quiñones del Río, a quien le debo todo. Él me cuida todo esto», asegura con devoción.

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Cuando echa el cierre se toma dos vinos —con la cecina que lleva en el bolsillo— y, ya en casa, es fácil imaginarle relamiéndose con el guiso de cangrejos que él mismo pesca en la presa. Dicen que la danza sale de la panza y Miguel es también un artista de los fogones. De esta otra pasión surgieron las sesiones de cine de verano que hace años amenizaron las noches el barrio de Portugal con unas sopas de congrío de chuparse los dedos, de las que sirvieron más de 500 raciones. Ahí empezó su relación con Bal Ferrero y más cine, por favor.