Muere Marcos Ordóñez, escritor y crítico «medio leonés»

Contaba que decidió colgar las botas de la actuación tras cruzarse en su camino con un joven leonés

DL

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Barcelona

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El escritor y crítico cultural barcelonés Marcos Ordóñez ha fallecido este lunes en su ciudad a los 69 años, según han explicado desde la redacción de «El País», el último periódico para el que trabajó.

Su fallecimiento deja un vacío irreparable en el periodismo, la literatura y la crítica cultural de nuestro país, despidiendo a un creador polifacético cuya mirada analítica y rigurosa marcó un antes y un después en la forma de entender las artes escénicas. Más allá de su profunda huella en los grandes teatros de Madrid, de su conocimiento enciclopédico sobre el Hollywood clásico que plasmó de manera magistral en obras como Big time, La gran vida de Perico Vidal, y de su devoción inquebrantable por tótems musicales como Bob Dylan o Neil Young, Ordóñez mantuvo siempre un vínculo íntimo, entrañable y profundamente arraigado con la provincia de León, a la que consideraba su cuna paterna y un territorio referencial en su mapa emocional.

Ese nexo geográfico e identitario encontraba su origen directo en la figura de su padre, Conrado Ordóñez del Valle, natural de la localidad leonesa de Cistierna, y se extendía por vía familiar hasta la capital y otros enclaves de la provincia, entroncando con nombres como el de Alfonso del Valle. Para su progenitor, la tierra leonesa representaba el luminoso periodo de las correrías juveniles, un eco generacional que caló hondo en la sensibilidad del escritor y le infundió un afecto especial por todo lo relacionado con el norte peninsular. Lejos de ser una conexión meramente teórica, Ordóñez seguía con auténtica devoción el pulso cultural e intelectual de la provincia, siendo un lector entregado y ferviente admirador de la gran literatura que brotaba de plumas leonesas tan ilustres como las de Julio Llamazares, Luis Mateo Díez y Andrés Trapiello, además de haber mantenido contacto estrecho con figuras de la talla de Nicolás Miñambres.

Dentro de ese trasfondo leonés que salpicaba su biografía, el propio autor gustaba de recordar con una mezcla de humor y nostalgia una anécdota de juventud que, de manera completamente involuntaria, cambió el rumbo de su carrera artística. En sus años de estudiante de instituto, cuando coqueteaba con la interpretación y se sumergía de lleno en los círculos del Teatro Experimental Independiente (TEI), Ordóñez decidió colgar las botas de la actuación tras cruzarse en su camino con un joven leonés, Adonino Llamazares, originario de Ambasaguas del Curueño. Al ver la tremenda calidad y naturalidad con la que aquel compañero interpretaba sobre las tablas, el futuro crítico sintió que le cortaban el chorro de la vocación actoral, convencido de que jamás alcanzaría semejante nivel y de que su auténtico destino profesional debía discurrir por otros derroteros intelectuales. Aquel giro providencial propiciado por la excelencia de un talento leonés acabó regalando a la cultura española a uno de sus críticos más lúcidos e independientes.

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