Las lecheras de Sariegos: niñas a lomos de una burra
- Doce mujeres de Sariegos recuperan en el documental ‘Las lecheras. Camino de León’ la memoria de una forma de vida marcada por el trabajo, el esfuerzo y los caminos hacia la capital leonesa. Sus testimonios rescatan una historia rural que forma parte de la identidad del municipio que hoy vuelve a cobrar voz. Emoción, recuerdos y música para no perder la memoria del territorio

«El primer día lloré más que una mona. No sabía cómo llegar a León. Lo mío fue salir de la escuela y empezar a arrear». La frontera de la infancia y la vejez se ha fundido en los rostros de las doce mujeres que protagonizan el documental Las lecheras. Camino de León, que hoy proyecta el Auditorio Café Quijano de Azadinos a las 18.30 horas.
Las doce protagonistas comenzaron a cargar las lecheras cuando apenas contaban once años, en una época en la que a la distancia entre Sariegos y León había que sumar las nevadas, los caminos de pedregales, el barro, la oscuridad... Una hazaña diaria que no se limitaba a repartir la leche. Antes de eso, su jornada había comenzado horas antes, con la obligación de ordeñar la leche, dar de comer a los ceros, sacar la porquería del muladar, sacar las vacas a pastar... Seni lo hacía, igual que María Jesús, Celia, Pergentina o Mery. También lo hicieron Pacita, Lucila, Aurora, Chiti, Milagros y Severina. Hoy, ayer, todas ellas se reúnen para hablar de unos años que, tan lejanos en el tiempo, permanecen sin embargo con una firmeza incuestonable en su memoria y en su cuerpo. «Las manos no dolían entonces. Duelen ahora», comenta una de ellas.
Imaginen a una niña con una carga de al menos 50 litros de leche, 13 en cada cántaro, en bici o burro, y subir a las viviendas de las familias que les compraban el producto, a pulso — «porque no había ascensores»— y pasar por los fielatos, y llegar a casa con menos dinero porque en ocasiones los que más distinguidos parecían no pagaban y dejaban a deber, y ellas, que iban solas, o de dos en dos, se tenían que callar. El frío golpeaba fuerte. Vestían medias de cristal porque «no gastábamos pantalones y nos salían sabañones» aunque no sabían lo que eran hasta que un médico les puso nombre. Imagínenselas. «Un día empecé a arrancar la lana a las ovejas y me la ponía en las rodillas», dice Pergentina, que afirma que el rastro de la herida sale de cuando en cuando, como un fantasma que llega con el viento del norte cada invierno.
«Oiga —dice una de ellas— nosotras íbamos siempre limpias y nos preocupábamos de que no nos diera el sol, para que la piel no se nos tiznara». Llevaban guantes y camisas blancas hasta la mano, y se ponían sombrero. Después de dar de comer a los cerdos y limpiar los establos, cogían agua de la fuente, la llevaban a casa, se lavaban «a plazos» y se cambiaban. «No olíamos porque todos olíamos igual, a Chanel número 5».
Vendían el litro a 2,50 pesetas y cada una tenía sus zonas. «Yo iba a Corea, que era muy seguro. No tenía nada que ver con lo que pasa ahora. Llegaba, ponía la caballería donde la iglesia y a los 30 minutos ya estaba todo vendido». Después, algunas se acercaban a la plaza Mayor para llegar más tarde a su casa. Si no les quedaba leche, compraban más, tres litros, y así se juntaban con las lecheras del Torío y el Bernesga. Y ese era su tiempo de ocio.
Mucha miseria y además, estaban los vedores, que a veces tenían mala idea y vigilaban que las niñas no llevaran más de lo que declararan. «Miraban si la leche estaba bautizada porque había multa. Una vez, uno me miró tanto que le tuve que atizar». Había ingenio y en una ocasión una señora pasó un jamón como si se tratara de un bebé. «Hasta le puso gorrito» Había fielatos en todas entradas de León y había que pagar antes de pasar a la ciudad. Las ruedas de las bicis se pinchaban, el motor de la moto G.A.C de Pacita se averiaba, los burros se caían... Dejaban las caballerías en la casa de la señora Mari, que estaba a los pies de la iglesia de Renueva —«Cobraba dos reales por dejar a los burros»— o en la fábrica de Teide, a la entreda de Carbajal.
¿Lo peor de todo? «Cuando venían los húngaros del circo. Traían osos, monos, caballos y nos robaban la leche. Si no se la dabas, para ti tenías. Eran muy malos».
María Jesús fue una vez a que una bruja de la calle La Rúa le echara las cartas. Le dijo que iba a tener un accidente y ese mismo día se cayó del burro. Severina llevaba la leche al hospicio de San Cayetano. «Íbamos tres, dos niñas y un niño. Nosotras dejábamos la leche en el pabellón femenino y de los recién nacidos y mi compañero, en el de los niños. No dejaban que nos mezcláramos.»
— ¿Alguna vez se preguntaban por qué tenían una vida tan dura?
— Nunca. Era lo que había y no nos comparábamos con nadie. Ahora, cuando veo que los niños tienen todo y piden más... nunca están conformes. A mi me daban una perrona y me compraba un regaliz. Eso era todo.
Conformarse... resignación, aceptación. Fueron tiempos para los que no había alternativa y ninguna se revolvió contra su suerte. Estaban en paz con el mundo y la certeza era el horizonte de una vida que sin ellas habría sido peor. No les pesaban las lecheras, ni les dolían las manos al ordeñar, ni la cola de la vaca que les estallaba en la cara como un latigazo, ni subir hasta Carbajal para lavar en el río «que ibas tan cansada que llevabas la cabeza por debajo de los hombros», ni trabajar con fiebre, que si estaban malas «lo arracábamos», ni siquiera cuando sus padres murieron, ni «cuando me casé. Esa misma mañana fui a llevar la leche a León».
¿Alguna vez disfrutaron de un rato de ocio? Y todas se miran con sonrisa de niñas. «Salías de trillar y de allí a sacar las vacas a pastar y, cuando llegabas, ya había terminado el baile y mi madre me decía a ver si el domingo que viene. Había muchos hijos y mucha miseria»... Así, arreando el cansancio, el miedo y el frío, pusieron el país a lomos del desarrollo.

Las lecheras de Azadinos

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