SOSERÍAS
Baudelaire como pretexto
ERA inevitable que ocurriera: en la época de la alfombra y el alfombro, el pantero y la pantera, el espárrago y la espárraga, es decir, en una época inundada por las patochadas (o los patochados) era inevitable, digo, que provocara un escándalo el hecho de que un señor narrara su afición a las violaciones. Personas habitualmente silentes ante tropelías de envergadura se han rasgado sus vestimentas y han tronado para entonar sus jeremíadas dejando así in puribus sus sombras interiores, solo alumbradas por la luz vacilante de una hipocresía y una melifluidad que no es extraño sean agentes de la dispepsia y de la flatulencia. Tartufos y tartufas del mundo, desuníos y dejadnos en paz, podría ser la proclama en esta época trufada de gazmoñadas e inundadas de lágrimas de reptil fluvial. Yo no he leído el relato polémico porque tengo todavía sin acabar los Diálogos de Platón y algunas de las comedias de Lope de Vega y por ello se me hace cuesta arriba enfrascarme en las andanzas de un delincuente de reciente y ajena creación. Y porque además estoy escribiendo una novela en la que mi protagonista, un tipo artero, cejijunto y alicatado de maldades, empleado de una tintorería de Segovia, planea desde la primera página -y ya voy por los dos centenares- el asesinato despiadado de su madre, de su tía Eustaquia y de la odontóloga de la seguridad social. Por la plausible razón de que a las tres damas las ve unidas en la misma truculenta conspiración: la de sentarlo en un sillón desinfectado y hurgarle en sus caries apuntado por una bombilla blanca de un montón de vatios. Con lo que él, el de la tintorería, las quiere y las cultiva, a las caries, claro es. No a las señoras del contubernio. Es decir que pienso que tan abominable como la violación es el asesinato y por eso defiendo la libertad para crear personajes que violan o que asesinan, como los de Simenon de quien ya he hablado hace poco para confesar mi entusiasmo por sus crímenes que dejaban poca sangre pero mucho encono y cabreo. Porque de lo contrario, señoras y señores contemporáneos, estaréis incurriendo en el mismo triste fariseísmo que practicaron los súbditos del muy hipócrita Imperio de Napoleón III cuando sentaron en el banquillo a Baudelaire por la flores del mal como antes habían sentado a Barbey d́Aurevilly por lasdiabólicas o a los hermanos Goncourt o a Flaubert ... Persecución de meapilas, de dogmáticos de la corrección, hábiles en los míseros manejos de los inquisidores devaluados. Sabemos que la mujer es en Baudelaire a veces esperanza y consuelo, a veces destrucción y corrupción, así en Mujeres condenadas o en Lesbos. En su época, los vigilantes de la moral convencional no le perdonaron sus atrevimientos iconoclastas y los jueces le condenaron a una multa y a suprimir páginas de su libro bello. Y es que Baudelaire, personaje genial, se acomodaba mal a las sandeces de la sociedad y gustaba como es natural de alarmarla. Así, cuando el propietario de la vivienda que tenía alquilada le preguntó por qué producía tanto ruido, el poeta le contestó: «no sé, lo único que hago en el salón es arrastrar por el suelo a mi querida ..., es decir, lo usual en cualquier casa francesa». O decía al entrar en un local: «ayer cuando arrojé a mi querida por el balcón....». Solía interesarse por las costumbres gastronómicas de sus compañeros de mesa y así inquiría: «¿ha comido usted sesos de niños? No se los pierda, se parecen mucho a las nueces frescas y son excelentes». Y de su padrastro, el general Aupick solía decir a grandes voces: «urge fusilarlo». He leído que algunas diputadas socialistas han pedido explicaciones por el cuento del violador aprovechando que hay implicada una autoridad entre los editores del libro. Espero que tal aguerrida iniciativa sea cortada por quien tenga autoridad e invito a nuestras torquemadas señorías a que lean (o relean) estos días la biografía de Baudelaire de César González Ruano o el retrato desgarrado que de él escribió Ramón Gómez de la Serna. Pero sobre todo conviene que tomenos a Baudelaire como pretexto y nos paremos un momento a meditar sobre el grado de mentecatez a que estamos llegando, una mentecatez que es ya de pirotecnia.