CRÉMER CONTRA CRÉMER
Mi novia tiene un móvil
LO COMPRENDO, señora, pensar que pueda interesar que mi novia tenga o no tenga un móvil que llevarse a la oreja, cuando el Real Madrid, nada menos señora, que el Real Madrid de don Ronaldo, de don Zidane, de don Raúl y de otros no menos famosos, han caído humillados pero no vencidos en tierras de infieles itálicos o cuando el señor presidente de la Excelentísima Diputación no pueda cumplir honorablemente con su propósito de conceder sus medallas por nunca se sabe qué reparo político o religioso; o cuando todavía no sabemos si don Mauro seguirá dominando, es sin duda un extravío de la mente y el incumplimiento traidor del importante menester de cumplir con el deber de relator, por el que me pagan... Pero es que, verá usted, señora, cuando el teléfono inmóvil era solamente o nada menos que un instrumento doméstico indispensable para llamar al médico de cabecera o para cambiar impresiones sociales con la vecina, el teléfono no parecía mecanismo de uso obligatorio, pero es que ahora el teléfono se ha convertido en un medio indispensable para vivir. Un ser sin teléfono móvil es como un jardín sin geráneos. Y la mujer, que es el piloto-guía de todos nuestros movimientos, se ha apresurado a cubrir este expediente social mediante la adquisición y manejo del teléfono móvil de última generación. O sea, que ya no queda en toda la provincia, ni una sola muchacha en flor que no disponga de su teléfono de bolsillo o de mano, para entablar pláticas con su amiga Alejandra y con el novio propio que la estará esperando cuando termine su trabajo. El teléfono móvil es un instrumento necesario para corresponder adecuadamente con las exigencias sociales, políticas, religiosas y sentimentales. Lo que le coloca en primer término de los planes electorales. Y nos ha parecido un error lamentable que en tanto que se prometen a los ciudadanos escuelas, hospitales, puentes sobre el río Kuai, carreteras, caminos y canales, a ninguno de los perspicaces candidatos, ni siquiera a la inteligentísima Isabel Carrasco, se le ha ocurrido prometer un teléfono móvil por un voto o por un puñado de votos, según sean los votantes, de primera o de segunda división. Mi novia dispone de un móvil de los más sofisticados: además del teléfono propiamente dicho, dispone de comunicación visual y de fotografía instantánea, de modo que al mismo tiempo que me dice que me quiere, recoge mi respuesta, que no es ni más ni menos que la cinematográfica «yo también te quiero». Y cierra. Lo que tiene este instrumento es que al cabo de cierto tiempo de uso resulta un incordio, una lata, un coñazo. Salimos por ejemplo, mi novia y yo de paseo por el parquecillo del Obispo Cuadrillero siempre tan recorrido por perros, y cuando estoy en pleno madrigal, suena el teléfono y me corta. Acudimos a misa de doce y tenemos que ponerle bozal para evitar que el sacerdote se cabree; y si nos da por acudir a uno de los conciertos alabado por el maestro Miguel Ángel Nepomuceno, hay que someter al susodicho teléfono móvil a la interrupción del embarazo, porque siempre cuando la orquesta ahíla el sonido, suele saltársele el timbre atrayendo con ello las miradas y las iras de los demás asistentes, a los cuales incluso se les escucha: «¡Podían meterse el coña del teléfono por el culo!» «¡No seas grosero!» replica la dama... Ni siquiera es práctico ni aconsejable dicho aparato para llevarlo a los toros, pues cuando suena la hora de la verdad que es cuando el público deja de berrear, suena el dichoso timbre. Y no falta el aficionado de verdad que murmura: «¡Vaya, ya están ahí los japoneses!». El teléfono móvil es necesario, dicen y lo será sin duda, pero hemos de aceptar que dado que en la práctica resulta una disonancia realmente inoportuna, debiera de legislarse una ley especial que permitiera perseguir a quienes hacen un uso inoportuno del cacharro. «¡Como mi novia, señora, como mi novia!»