CRÉMER CONTRA CRÉMER
La arruga es bella
¡Quien se lo iba a decir a don José, alcalde de la ciudad, militar con toda la graduación y hombre severo, capaz de intentar imponer disciplina a los concejales a su mando! ¡Quien se lo iba a decir a él, que cuidaba hasta la tiranía política, social y militar, aquello de «Soldado en la milicia ya se sabe: El hombre, hombre y el gato, mis»! Pues, repito por tercera vez: ¡Quién le podía decir, con absoluta consciencia y conocimiento, que el varón indomable de la Muy heroica, Muy noble y Muy disparatada ciudad de León, donde se criaban los hombres más valerosos de los Tercios de Flandes, capaces de dominar pueblos y señores («España y yo somos así, señora»), llegarían a gastarse la hijuela en operaciones de restauración plástica. Esa desviación de la doctrina helénica basada en la belleza, se depositaba sobre las señoras esposas de los tribunos de la plebe y de los grandes padres senatoriales, pero rara vez o nunca, salvo en el caso de algún liberto escanciador de ambrosías, sobre los usos y costumbres de los varones. En tiempos, que aún se pueden alcanzar con la mano, en esta parcela carpetovetónica de la España de los seguros y de los de Santa Marina, los hombres que nacían feos, morían feos. Y solamente si a la niña del gobernador le salía un orzuelo que le producía cierta señal deformante, se solicitaba la actuación del médico de familia, o a lo sumo de la «mancadera» de Portugal, «La Portuguesa», cuya oficina se encontraba en la calle Ancha. Según la sorprendente y alarmante noticia que la Prensa, en su última edición del verano nos proporciona, más de mil hombres, varones o machos leoneses, de los de pelo en pecho, voz ronca, feos y sentimentales, pasan al cabo del año por el quirófano o por la manipulación de los esteticistas para mejorar de aspecto, o sea, para ser más bello. Y es inútil que se proclame que «La arruga es bella», para que sean convencidos de que sigan con su gloriosa fealdad, porque en razón o sinrazón de un fenómeno que resulta para nosotros inexplicable, los chicos, los varones, los hombrecitos, acuden a depilarse, a recortarse la nariz, a suprimir grasas y músculos a fin de poder ofrecer a las chicas pijas de Operación Triunfo, pongamos por ejemplo, una apostura, una efigie absolutamente helénica, como si se lo hubiera trabajado Praxíteles o Fidias. El verdadero triunfo de la mujer, la Varona Indomable, me dice el profesor de retórica y poética machadiano, no fue el apoderarse del mando de todos los ordenadores del mundo, ni que consiguieran colocarse como titulares en Diputaciones y Concejalías, dejando al hombre para jardines y milicias en Irak. El verdadero éxito de la Mujer ha consistido en dominar al contrario de tal manera que le obliga a rechazar aquellos signos que fueron en tiempos motivo de admiración y seducción, como el bigote, el tabaco negro y el vino de Valdevimbre, imponiéndole el uso y la costumbre de la cirugía reparadora o liposucción, que también se llama cuando la deformación afecta a la nariz judía del remitente. Puede ser, no lo discuto, que para el común de vecinos, ni la noticia ni la teoría de la enmienda física que se sugieren desde este cartel de desafío, les parezca un poco frívola o vana, comparadas por ejemplo, con el relevo de la Diputación o con la desaparición misteriosa de Don Mauro Amilivia de la vida pública, pero yo les invito a que, libremente, sin consultar con sus respectivos partidos políticos mediten sobre el caso, comprueben cuales son los efectos y ensayen algún movimiento de amparo del hombre maltratado y perdido dentro de su narcisismo.