CRÉMER CONTRA CRÉMER
Vacaciones a todo pasto
CON QUE fui y le dije a la compañera encargada de traducir al cristiano estos escritos míos, tan borrosos, tan confundidores y tan llenos de errores: «Me fui de vacaciones». La compañera me miró compasivamente, como si la estuviera anunciando mi compromiso de boda y simplemente me contestó: «Lo siento, chico, pero yo nada puede hacer por ti». Y es que para una inteligencia mediana (y mi compañera disponía de una inteligencia total), eso de salir de tu hoya para tomar las vacaciones previstas en el contrato laboral, le parecía una señal inequívoca de debilidad mental. Y no ya por aquello que gustaba repetirme en casos análogos, «Rincón por rincón León», sino porque no acababa de entender qué coña se me había podido perder a mí, un ser absolutamente inhábil para la vida moderna en Benidorm por ejemplo, o en la Marbella putrefacta. Y estaba en lo cierto, porque además de sentirme absolutamente incapaz de adaptarme a las exigencias de la modernidad, yo, o sea el que suscribe, ni sabe cantar, ni bailar, ni contar chistes verdes, (que son los que les quitan a las señoras de Cofradía y velón), ni siquiera nadar y guardar la ropa. Soy en el exacto entendimiento del concepto, un chico de la calle, y cuando en casa de mis padres se mencionaba la posibilidad de celebrar unas vacaciones, se pensaba a lo sumo en La Candamia y en el poco del Fraile, en donde se ahogaban los chicos. Pero nada de salir de León, porque en León, me repetía mi madre para que me callara de una vez, hay de todo lo que se puede ambicionar para unas buenas vacaciones, buenas, bonitas y baratas, que era lo importante. Y cuando llegué a cumplir los veintiún años, que era cuando los padres permiten al chico mayor que fumen delante de la madre, y recibían la invitación para formar parte de la milicia que iba a la guerra como Mambrú, conseguí alistarme en una cuadrilla que se permitía el lujo y la osadía de pasar el Puerto Pajares para asomarse al Mar Cantábrico y bañarse incluso, a pesar de mi falta de costumbre, en la playa de San Lorenzo. Fuera de aquella aventura, que es la que se quedó grabada en mi memoria, todas las demás ocasiones en que me fue dado incluso cruzar el Mediterráneo o el Atlántico y hasta el Pacífico me parecieron siempre apuntes para un anecdotario. La verdad era que en mis tiempos solamente veraneaban los que tenían que veranear, o sea, los de siempre o sea, los ricos. Y no lo digo para mal. Ahora todos, absolutamente todos veraneamos, convencidos de que si no lo hiciéramos los vecinos llegarían a no saludarnos. El doctor en el que tengo fijadas todas mis esperanzas de poder superar esta calor, me asegura que el descanso que se produce con la vacación es bueno para la salud, porque se recobra soledad para pensar y para leer y para sentir los pulsos. Y yo me digo que si la vacación es para conseguir soledad sonora, no parece lo más adecuado meterse en la olla de grillos locos que suelen ser las playas de moda, tan bullentes, tan apabullantes, tan gritadoras y desculadas. Pero por seguir los sabios consejos de mis mayores, una vez que me decidí a salir de León para solazarme en la playa sin otro compromiso que el de defender mi soledad y alimentar mi imaginación con la lectura del Quijote, que es un libro escrito por un tal Miguel de los Migueles de España (Miguel Unamuno, Miguel Hernández, Miguel Cervantes, etc.), me encontré con una turba o muchedumbre de estupendas muchachas en flor, con el culo al aire, con la delantera, que para sí quisiera el Madrid, más al aire todavía y con un juego erótico que sonrojaba a los peces, y comprendí que mis vacaciones se verían dramáticamente alteradas y desistí. Regresé a León y así que me fue posible corrí a disfrutar de mis vacaciones, al Jardín de San Francisco, tan sólo, tan romántico, tan lleno de palomas. «A ver si este año tengo suerte», le digo a mi compañera. A lo que sin pensarlo repuso: «Lo dudo».