LAS COSAS COMO SON
Mujeres en Europa
LA MUERTE a golpes de la actriz francesa Marie Trigtinant a manos de su novio, un popular músico de rock, ha convulsionado a la sociedad francesa al enfrentarla con un viejo asunto que circulaba subrepticiamente por los recovecos del país. A juzgar por la reacción de los medios a aquella brutalidad incalificable, los franceses no eran todavía conscientes de que tienen un grave problema, de proporciones semejantes al que también debemos arrastrar los españoles: seis mujeres mueren cada mes en Francia a causa de las agresiones de sus compañeros. En España, y en el 2002, murieron 52 mujeres por la misma causa, algo más de cuatro al mes. Si se piensa que Francia tiene una población que es vez y media la española, se llegará a la conclusión de que el porcentaje de víctimas mortales por la violencia de género es idéntico. Al menos hasta ahora, ya que el número de víctimas se ha disparado en España en el 2003: ya van 43 muertes desde enero. Entre las reacciones periodísticas y políticas que ha suscitado aquel suceso, ha salido a la luz la única encuesta realizada en el país vecino sobre el particular, encargada en 1997 por el Gobierno, confeccionada en el 2000 y publicada en junio del 2002. El sondeo, realizado por teléfono sobre una muestra de 6.970 mujeres de 20 a 59 años, es bien revelador: el 17 por 100 de las entrevistadas reconocen haber sido alguna vez víctima de violencia física (bofetadas, golpes), en el 52 por 100 de los casos a cargo de su cónyuge. El 4,2 por 100 han sido objeto de una tentativa de asesinato (amenazas con armas u objetos peligrosos, intentos de estrangulamiento), en el 35 por 100 de los casos por acción de su compañero. El 11 por 100 han sido sometidas a abusos sexuales, habiendo sido el cónyuge o compañero el autor de los mismos en la cuarta parte de los casos. La violencia preponderante es en todo caso psicológica. El dibujo es sombrío y arroja algunas luces sobre el problema español, muy semejante: si alguien pensó que la violencia de género tenía en España un relieve singular, podrá salir de su error al observar la situación de Francia. No es el carácter mediterráneo y sanguíneo, ni mucho menos la complexión genética de los varones de este país el causante de la aberración: se debe más bien a factores culturales, a la socialización en un contexto de valores equivocados, muy arraigados en el subconsciente colectivo. Las llamadas religiones del Libro -cristianismo, judaísmo e islamismo- otorgan a la mujer un papel secundario y subsidiario, en varios sentidos instrumental, de supeditación y obediencia al hombre, de anulación de sus valores intelectuales para enfatizar su papel biológico reproductor. La liturgia matrimonial en que se ha educado la sociedad de este país hace todavía hincapié en el deber de obediencia de la esposa al esposo. Salvo en las religiones afectadas por la Reforma, la mujer ni siquiera tiene acceso a la dignidad sacerdotal. Y, lo que es más grave, el aggiornamento de las religiones mayoritarias durante el siglo XX no ha avanzado en absoluto en el terreno de la igualdad de sexos. Ni siquiera el Concilio Vaticano II, que tantas innovaciones introdujo en la doctrina católica, dio pasos significativos en esta dirección. Y el papel desempeñado por Juan Pablo II es muy negativo, puesto que defiende los valores más rancios y tradicionales. Este gran liberal que es Mario Vargas Llosa lo ha dicho recientemente, al comentar el documento contra sobre las parejas homosexuales redactado por el cardenal Ratzinger y aprobado con entusiasmo por el Papa: «con documentos así-ha escrito-, aderezados con la presencia sulfúrica del demonio, la Iglesia (...) contribuyó decisivamente a que se impusiera en la sociedad y en la cultura el machismo, con sus degenerantes consecuencias: la postergación y humillación sistemática de la mujer, la entronización de la viril brutalidad como valor supremo y las peores distorsiones y represiones de la vida sexual».