EL PULSO Y LA CRUZ
Subvenciones y Obispado
LA GEOGRAFÍA leonesa, que es mariana, está que arde en este fin de semana. Y crucemos los dedos para que referencia al campo semántico del fuego sea sólo una metáfora. Por la que está cayendo, aunque hayan bajado las temperaturas. Hay fiestas por doquier. Las de la Asunción, ayer, viernes, y las de San Roque, hoy, sábado, y, por añadidura, las del veraneante. Y otras que se han ido escalonando a lo largo de todo el verano. De todo tipo y con motivos variados. Por ejemplo, con ocasión de la restauración de una iglesia o de una ermita. Como fue la de San Martín en Láiz de las Arrimadas. O la de la iglesia de Fáfilas, un anejo, que no parroquia, de Villabraz, que cuenta en los momentos más bajos con una población de siete personas. Las informaciones acerca de esas inauguraciones siempre recalan en cuantificar los gastos y la procedencia de los ingresos. Iba a decir que, de modo curioso, pero me retraigo: lo curioso sería que, en una sociedad mercantilizada, se obviasen esas referencias. Viene la reflexión a cuento de que repetidamente se viene levantando acta de que las obras en edificios eclesiásticos se sufragan con las aportaciones de los vecinos y con subvenciones oficiales de organismos estatales. Y también de vez en cuando, se encañona al Obispado porque, según los enterados, éste no aporta ni un solo duro a las restauraciones que se ejecutan. Convendría tener en cuenta algunos matices. Veamos. En una sociedad con mentalidad de ser tutelada por Papá Estado y proclive a extender la mano a las subvenciones, no es extraño que se piense de igual forma acerca de las relaciones entre Diócesis y feligreses. Y no. Ni los feligreses se identifican sin más con los vecinos (no me imagino a un residente que sea testigo de Jehová aportando un donativo para un trono nuevo del Nazareno) ni la diócesis es equiparable a la Administración pública (ésta devuelve a los ciudadanos en servicios lo que primero fueron impuestos), porque el Obispado, que es la diócesis, no puede conceder subvenciones si no cuenta con una fuente de ingresos. En este caso, éstos vienen de las exiguas rentas de bienes propios (de la diócesis, no de esta o de aquella parroquia) y de la aportación de la asignación tributaria (la crucecita en el impreso del IRPF). Habas contadas. Y así todo, la diócesis de León hace un esfuerzo para aportar 150.000 euros (25 millones de pesetas) a un convenio anual para restauraciones de edificios religiosos que hay establecido con la Diputación Provincial y la Junta de Castilla y León (que también aportan la misma cantidad), sin contar con otras ayudas, puntuales y menores, que estudian y deciden los órganos diocesanos pertinentes. Otros matices. Esos bienes dispersos por la geografía son propiedad no del Obispado, (argumento fácil: «Si es del Obispado, que los arregle el ídem»), sino de las propias parroquias y, en algún caso, de cofradías o asociaciones; a su nombre deben estar registrados. Ítem más, la Iglesia no se puede identificar sin más con el obispo ni con el Obispado; Iglesia son también los feligreses y ellos, como Iglesia que son, sí que aportan euros y gestiones y trabajos, para obras que van a estar para uso y disfrute de ellos mismos, de sus familiares y de sus descendientes. Cuando a estos bienes eclesiásticos llegan otros dineros, tras gestiones de las autoridades civiles (pedáneos, alcaldes...), son ayudas que se prestan a un bien de propiedad de un ente religioso por lo que éste tiene o puede tener de uso público y no excluyente, cuando no de valor histórico, artístico y siempre sentimental. Viniendo al caso de Fáfilas, el párroco nos informa de que a la restauración de la ruina de su templo llegaron casi dos millones del citado convenio tripartito y más de dos millones que aportaron los vecinos en calidad de fieles de la Iglesia Católica, o sea, de Iglesia, sin contar las innúmeras y eficaces gestiones del alcalde de Villabraz, natural de Fáfilas, que también, suponemos, se sentirá miembro de la comunidad cristiana ¿Hubo o no hubo razones y méritos propios como para que estuviera presente, con el contento de todos, el obispo de León? Seguiremos informando, porque esto se parece, desde hace muchos años, al cuento de la buena pipa.Por eso de que no hay peor entendedor que el que no quiere entender. Valga el dicho en este caso mejor que en cualquier otro. Entender ni atender.