Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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PABLO ya había viajado por toda la provincia de León cuando el mundo aún estaba a medio hacer. Ahora que ya está mal hecho pero parece moderno, nos cuenta sus expediciones por los pueblos-fantasma de La Cabrera, por la ribera del Valduenza, por el Valle del Silencio o ascendiendo El Teleno, como quien habla de los tiempos rupestres, de las emociones aún sin asfaltar. Al escucharle se me ocurre que él también forma parte de eso bueno que nos queda: la memoria de nuestra tribu. Lo dice todo despacio y sin pretensiones como si cada palabra que sale de su boca antes la hubiera rumiado. He ahí el privilegio de los personajes secundarios, esos que se han pasado la vida escuchando y ahora pueden apostillarlo todo, barnizar lo que se les dice con un comedimiento new age que procede de sus silencios, y de todos los paisajes a los que llegó una vez con modos del primer hombre que vio el arco iris. Si ahora pudiéramos mover hacia atrás con un dedo las manecillas del reloj y regresáramos al León de los años 40; si asistiéramos a una de las tertulias de los viejos guerrilleros de Espadaña, reconoceríamos a Antonio G. De Lama, claro, y a Victoriano Crémer, Eugenio de Nora y otros. Volaría nuestra mente al escuchar poemas y opiniones en ese foro donde todo el mundo parecía querer hablar y repararíamos en un hombre tranquilo; uno que escucha y asiente desde la profundidad de su mirada felina. Entonces sabríamos que se trata de Pablo, el asistente fundamental de las tertulias literarias de León en las que siempre se habló mucho pero escaseaban y escasean los del talante de Pablo, los que escuchan, esos personajes secundarios que nos lo cuentan todo luego sin alterar el argumento para tratar de hacer que quien narra tenga más papel. Sí, el silencio de Pablo hoy me enseña que un personaje secundario es aquél que un día podrá contar a sus nietos: cuando pasó yo esta allí. No sé si aún sigue ahí pero hace años Victoriano Crémer tertuliaba los martes por la tarde en el antiguo Gran Café. Allí conocí a Pablo. Me llamaba la atención el hecho de que aquel hombre casi no interviniera, pero nunca faltara. Victoriano embarajaba el pasado y el futuro al hablar de la realidad y, como la baraja era suya, nos ganaba siempre la conversación como si tuviera las cartas marcadas. Actualmente en el Café Las Cortes durante las mañanas de los sábados Antonio Gamoneda, Alejandro Vargas, Modesto, Amancio, Pereira, Macu y otros desgranan política y filosofía, arte y vida, mientras echan hilo a la cometa de las palabras. Allí está Pablo, vigilante como un perro fiel y bueno. A veces hablo con él, con ese hombre que ha estado en todas partes en el momento correcto y lo cuenta todo como si sólo pasara por allí. Aunque diserte sobre literatura o sobre sus personales viajes, de la gente que ha conocido o a la que ha escuchado, deja entrever con sus humildes enfoques ese pensamiento integrador de la izquierda cristiana que le ayuda a mirar el mundo de forma ecléctica, poética, espiritual y comprensiva. Por eso cuando en una tertulia se repasa la reciente política leonesa, cuando alguien habla del nuevo Presidente de la Diputación que lo primero que ha hecho tras tomar posesión es subirse el sueldo para que queden claras las motivaciones desde el principio, Pablo no está conforme, como todos, pero no se sorprende. Me asombra encontrarme con personas a las cuales ya pocas cosas pueden sorprenderles. Supongo que es porque a mí la mayoría de los sucesos de la vida y la política me dejan de piedra. Ahora escribo este retrato con la misma pasión con la que lo pintaría Modesto Llamas. Lo escribo, y veo a Pablo, y también a tantos ancianos sabios. Y observo igualmente ciertos rincones de la provincia de León no demasiado visitados. Sí, a cada paraíso ignorado llega alguna vez un Robinson Crusoe. Y cada personaje secundario es protagonista de otra historia, aunque ésta no esté escrita.

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