LAS COSAS COMO SON
Dedicado a Paco Umbral
Cuando conocí a Paco Umbral, hace más de cuarenta años, en la redacción de La Estafeta Literaria que dirigía con más inspiración que rigor el médico escritor Luis Ponce de León, Paco estudiaba con afán para ser viejo y maldito. Ya era alto y muy delgado, y ya engolaba la voz buscando sobresalir, además de por tener una pluma fina y acerada, un punto impertinente pero sin pasarse, y un punto popular sin caer en el retruécano, por su forma de presentarse y sus atuendos. Parecía que a Umbral le tiraba más Baudelaire que Zorrilla, y por eso principió su carrera de escritor con libros escribiendo de Larra. La vida le ha dado desde entonces casi todo y sólo le ha quitado una mejor parte. La inspiración la ha tenido siempre de su parte, inspiración de la que ha hecho buen uso. Le partieron el corazón, que era mortal y y de color rosa. Y Paco se ha vengado escribiendo, saltando de periódico en periódico, siendo siempre el fichaje extra, el articulista más dotado para inventar o fingir lo que no sabía y dorarlo todo con la magia de su ritmo y sus palabras nuevas. Escribo estas líneas preocupado por una noticia que no ha ocupado titulares en los medios, porque los escritores no suelen ser noticia más que cuando les cuelgan como trofeo de algún premio de relumbrón. Este país se preocupa de personajes y personajillos que hacen de su vida un circo y olvidan a aquellos que regalan al mundo de las letras y el pensamiento gran parte de su tiempo. Y es que a Paco, que ha tenido siempre un aparato digestivo de acero, se le ha encampanado el colón, que es la tripa de nuestros miedos y nuestras iras, de nuestras aflicciones, en suma, y han tenido que condenar una parte al cubo de los desperdicios. Y luego, con estos calores, con estos fríos acondicionados y con el destino caprichoso, le ha venido una neumonía, que ahí sí que le ha dolido, porque Paco empezó a portar bufanda con la excusa de que hacía fino y valleinclanesco, pero realmente se enfriaba en un decir amén en cuanto llegaban los primeros abrigos. Lo que le quiero decir a Paco, con el que siempre he mantenido una distante relación de lector encantado, especialmente cuando no estaba de acuerdo con las tesis que mantenía en su ignorancia genial de la política o la economía, es que no tenga prisa. Que la gloria, que tiene ya a un paso, es efímera, que no tiene más que ver a Cela, al que ya citan como si fuera un Herodoto de andar por casa, y que más valen unos cuantos quinquenios extras de malditismo en la dacha, de vejez irredenta y elegante a base de escribir todos los días, a que le declaren a uno maduro para la inmortalidad porque se está próximo a cumplir los setenta. Bien merece su pluma unas letras de apoyo y consuelo, para que su cuerpo siga a su lúcida mente y nos regale más ratos de lectura. Diez años más de columna equivaldrán a diez Partenones desportillados y a cinco completos por lo menos. No comentar la salida de Aznar sería pecado, y pecado también no escribir del sucesor, o los sucesores, de Zapatero, que a este paso, la lista del post-felipismo va a ser larga como la de los reyes godos. Pero, incluso antes, apostillar la solución, al parecer con elecciones -lo de Marbella le ha dado la puntilla al equipo socialista de Madrid- del caso de la traición, Simancas/Tamayo, será materia de columna, argumento humano de piltrafillas del poder que no tienen estudios, no van al gimnasio y no se han tomado sus tres pastillas cuando sube la marea. Así que ánimo en estos momentos y a darle a las tetraciclinas, que al fin y al cabo, Paco, a ti no te ha dado nunca por tomar el sol. Que te mejores enseguida y que te leamos pronto.