LA QUE NOS VIENE ENCIMA
Palos a siniestra
Hay aspectos que preocupan, incluso dentro de sectores del Partido Popular, en el discurso de otoño de Aznar. Que, por cierto, es el mismo discurso que el de la primavera, el verano o el otoño del año pasado: leña al PSOE, leña a los nacionalistas, nada de autocrítica y menos aún revelaciones sobre sus planes de futuro, que a todos nos preocupan y ocupan, lógicamente. El ya tradicional discurso de Aznar en Menorca, lo mismo, presumiblemente, que el que este miércoles pronunciará en Quintanilla de Onésimo, se caracterizó por la dureza, por los ataques a la oposición, a veces, Aznar parece la oposición de la oposición, más que el gobernante, por la insistencia en el «no» al diálogo con los nacionalistas y por la perseverancia sin dudas ni fisuras en las tesis de política internacional que nos alinean con Bush. De Aznar no cabe decir que no hable claro, que utilice fórmulas de retórica política para esconder sus verdaderos pensamientos: una de sus bastantes virtudes ha sido, precisamente, lo contrario. Ha hecho lo que ha dicho que haría, y a veces más de lo que dijo que haría, cosa que, cuando se cumple el primer aniversario de la ilegalización de Batasuna, no deja de ser de agradecer. Lo malo es cuando extiende la firmeza hasta convertirla en riña a todos los que no piensen como él en algún aspecto, bien sea la guerra de Irak y sus consecuencias, la hostilidad verbal hacia los nacionalistas o la necesidad de diálogo con otras fuerzas políticas. Por otro lado, lo que todos esperábamos de Aznar es que nos desvele algunas cuestiones neblinosas sobre la actuación del Gobierno, no sobre la de la oposición, que ya vemos cómo va. Pero no por remachar sobre lo ya sabido, los titubeos en varios frentes que afectan al Partido Socialista y las intransigencias situadas fuera de la realidad de los nacionalistas vascos, se aclara el panorama de lo que hará el Ejecutivo. Y a nosotros, del discurso que pueda hacer Aznar a principios de un curso político tan intenso como éste, nos interesa, sobre todo, eso: qué piensa hacer Aznar. Con la sucesión, que tan misteriosamente discurre por los recovecos de las incertidumbres y el secretismo. Con la posguerra en Irak (aunque en esta cuestión ya vemos que no parece que haya virajes). Con el modo de combatir el plan Ibarretxe, con la Justicia, con los presupuestos, sus últimos presupuestos, con la marcha de la Unión Europea, con la inseguridad... Aznar ha pasado por el poder dejando una estela ciertamente positiva, y absurdo sería, como hacen algunos en la oposición, empezando por Rodríguez Zapatero, no reconocerle que ha acabado con la crispación y hasta cierto punto -lo ocurrido en la Comunidad de Madrid no deja de ser una de las excepciones que confirman la regla: Romero de Tejada no puede seguir siendo secretario general del PP en Madrid- con la corrupción. Que ha mejorado la economía en estos ocho últimos años, que España tiene una voz en Europa y también , quizá excesiva, a juicio de algunos, en el mundo. Que los mal llamados radicales -son más bien colaboradores del terror- han dejado de contar tanto como contaban en el País Vasco, aunque también es cierto que el clima social en Euskadi se agrava y adensa. Todo ello está en el haber de un presidente que ha ganado cuotas de popularidad y respeto impensables cuando, hace poco más de una década, comenzó formalmente su andadura hacia La Moncloa. Pero todo lo dicho no excluye ciertas críticas a las forma, definitivamente, el presidente tiene tendencia a reñirnos a todos, y también a cuestiones de fondo: no puede ser que una figura tan válida como José María Aznar pase a la Historia con el borrón de haber sido quien agravó irremediablemente las relaciones con los nacionalistas. Quiero decir que no es políticamente presentable que un presidente autonómico, y al fin y al cabo Ibarretxe no es ni más ni menos que eso, lleve tanto tiempo sin pisar La Moncloa.