LAS COSAS COMO SON
La «reentré»
LAS VACACIONES de agosto, en las que el presidente Aznar se ha recluido por completo en su residencia menorquina, han supuesto un levísimo impasse en una dilatada y compleja campaña electoral que, de hecho, ha comenzado ya desde hace meses. La importancia de las próximas consultas, elecciones autonómicas en Madrid y en Cataluña este otoño, previas las generales del próximo mes de marzo explica la intensidad de la confrontación política en este período nuevamente crispado de la realidad política. Hoy, con el primer consejo de ministros del curso, se oficializa la rentrée , que, sin embargo, llega precedida de una catarata de agrias declaraciones que, infortunadamente, marcan la pauta de lo que serán los meses venideros. En sus intervenciones de Menorca y Quintanilla de Onésimo, Aznar ha emitido los dos mensajes que probablemente constituirán el eje de su temario argumental hasta las generales: de un lado, una descalificación rotunda del Partido Socialista, cuyo débil liderazgo no sería capaz de alentar una oferta unívoca y, a merced de los barones, llegaría incluso a amenazar la cohesión de España; de otro lado, la apología de la madurez del Partido Popular, cuya continuidad sería beneficiosa y aún necesaria para la estabilidad y la prosperidad de este país. Aznar, evidentemente, no puede en el momento actual efectuar propuestas de futuro porque no va a ser él el candidato a La Moncloa en el 2004: tal cometido corresponderá al sucesor, todavía sin designar; en consecuencia, ha optado por preparar el terreno al epígono, quien deberá enmarcar su oferta al electorado en el marco de la mencionada dialéctica. Este planteamiento del escenario político es frustrante y destructivo, y es muy dudoso que responda al interés general y al afán de una sociedad que no vislumbra peligros en el horizonte -con la excepción de la amenaza etarra, ahora sobre el trasfondo de la radicalización del nacionalismo vasco-. Lo lógico sería que, teniendo a la vista unas elecciones decisivas, los partidos debatieran asuntos más cercanos, como la política fiscal o el modelo de crecimiento. Y sin embargo, estamos condenados a asistir a una colosal y poco razonable controversia sobre la organización territorial de este país. Una cuestión resuelta que como mucho podría dar lugar a retoques que no alterarían la sustancia de la estructura del Estado. Las críticas de Aznar a la posición socialista en materia autonómica tienen dos vertientes: de una parte, el jefe del Gobierno reprocha a Zapatero que se niegue a formar un frente común con el PP en contra del 'proyecto Ibarretxe'; la recriminación es en este caso poco consistente, dado que el PSOE mantiene una postura absolutamente rectilínea en pro de la Constitución y en contra del experimento soberanista del PNV. Que los socialistas quieran preservar su autonomía política en Euskadi resulta perfectamente legítimo, siempre que no vacilen en la defensa de los grandes principios, algo que no ha ocurrido ni va a ocurrir. Y esta actitud no permite descartar que el PSOE reitere, cuando llegue el momento, su voluntad de contribuir a formar una mayoría no nacionalista en el País Vasco. De otra parte, Aznar censura la confusión del PSOE en lo tocante al dibujo del Estado. En este asunto, le asiste parte de razón pero no toda ella. Es cierto que da la impresión de que Zapatero no ha tenido más remedio que racionalizar y generalizar las tesis de Maragall para que éste pueda concurrir a las elecciones catalanas con el pleno respaldo del PSOE. Pero es falaz que el proyecto reformador de Maragall sea nacionalista o que su propuesta de una eurorregión que coincidiría territorialmente con la medieval Corona de Aragón sea una utopía o un disparate: la UE fomenta estas agrupaciones regionales que son verdaderos polos de desarrollo y que obviamente no tienen entidad política en sentido institucional.