Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La ley de las grandes ciudades

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VICTORIANO CRÉMER
León

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MIENTRAS en las carteleras de la actualidad aparecían con caracteres de arrebato, la noticia del comienzo de la temporada de pelotón, con el estrepitoso acorde de muchedumbre arrebatada, o la Excelentísima se disponía a colocar en su sitio a cada uno de los ilustres representantes de las distintas pedanías de la provincia, el Ayuntamiento de don Francisco Fernández, siguiendo tal vez un guión escrito de noche, declaraba de interés especial la lucha por la conquista del título de «León, Gran Ciudad». El título, se advertía para disparar debates enojosos, supone o puede suponer para la Ciudad, en el caso de obtener la titulatura, una situación de verdadero privilegio: aparte del prestigio que se obtiene con el nombramiento, la Ciudad puede obtener funciones tales como la de poder mejorar la dotación de los Ayuntamientos, la incorporación libre de funcionarios especializados, la reestructuración, reorganización y la nueva disposición interna de la propia Corporación. Porque, dicho sea con palabras del propio Regidor Mayor de la Municipalidad aunque León «no está mal, tiene que estar mejor». Naturalmente ante el requerimiento del mando supremo municipal, los fieles parroquianos adoptamos la posición de firmes y aunque no mantenemos habitualmente un espíritu de consenso indiscriminado y nos gusta esperar a que maduren las brevas, aquella nueva promesa que nos ofrecía sin lugar a dudas por nuestro buen comportamiento que habíamos demostrado nos llegó al alma y dispusimos el ánimo para su más entusiasma recepción. Aunque una ligera brisa recelosa nos soplara cuando recogíamos las condiciones indispensables para ser considerada «Gran Ciudad», como, por ejemplo, alcanzar un censo de contribuyentes superior a los doscientos mil y contar con una sede autonómica de rango distinto y no digo superior a la modesta pero eficaz del «Procurador del Común». Y como a esta nueva tentadora oferta acuden, como moscas al pastel de rica miel, otras ciudades no menos dignas que la nuestra, pero indudablemente con regidores de más influencia decisiva, lo más probable sea, puede ser, que nos quedemos los leoneses como casi siempre, con las ganas. Como acaso, quien sabe, puede ocurrirnos con la Escuela de Pilotos o con el novísimo aeropuerto. Y la verdad, no es que a nosotros nos parezca una desgracia letal que se nos ignore una vez más a la hora de distribuir instituciones, pero es algo que por sernos tan propio y corriente, merece que cuando menos hagamos una confesión que quizá merezca la pena registrar: «León, señores de la Sala, con titulatura y sin ella, con doscientos mil habitantes y con ciento cuarenta mil, con sedes autonómicas y sin ellas... ¡es una gran ciudad!. Lo fue siempre y cuando por algún azar contrario, se nos regateó el mérito y el derecho a obtener algún privilegio, exhibimos los títulos históricos, sociales y culturales que nos distinguen entre otras ciudades más afortunadas y mejor servidas, con un dístico imperativo: «León, León, ciudad añeja, ¿por qué te vistes; Ay, con piel de oveja? Porque acaso consista nuestro infortunio en que no hemos sabido nunca defender como hombres, lo que después lloramos como mujeres. (¡Como mujeres de las antiguas, por supuesto, que eran las que estaban destinadas a rasgarse los velos y llorar, llorar y llorar sobre los muertos).

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