REFLEXIONES
Fiesta de la cruz
INTERRUMPIMOS hoy la lectura continuada de San Marcos para celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Ya el canto de entrada en la Eucaristía nos sitúa con palabras de San Pablo ante el misterio que celebramos: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado». ¿Gloriarse en la cruz de Cristo? Eso fue una blasfemia para los judíos, que veneraban el poder de Dios y esperaban un mesías poderoso. Y fue una locura para los griegos, que apreciaban sobre todo la sabiduría, la prudencia y la mesura. Al venerar a un crucificado, los cristianos se convertían en una auténtica provocación social. ¿Gloriarse en la cruz de Cristo? En un mundo que cifra su ideal en la comodidad y el disfrute, en el triunfo y en la fama, abrazarse a la cruz suena a masoquismo inútil y enfermizo. Llevar una cruz como adorno es tolerable. Pero proclamar que la cruz es el camino para la salvación suena a locura peligrosa. Nadia se fía de los aguafiestas. El madero y la entrega Y, sin embargo, Jesús tuvo la osadía de compararse a sí mismo con la antigua serpiente del desierto: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15). Con esa imagen recordaba él la serpiente de bronce que, según el libro bíblico de los Números, Moisés levantó sobre un mástil en medio del campamento hebreo. «Cuando una serpiente mordía a uno, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado» (Núm 21,9). Aquel recuerdo, unido al ejemplo de egipcios y babilonios, suscitó un cierto culto a la serpiente que había de destruir el rey Ezequias. Con esa evocación Jesús no pretende imponer un rito mágico. Parte de la epopeya del pasado de su pueblo para anunciar el futuro del nuevo pueblo de Dios. Jesús habría de ser elevado en la cruz para ofrecer la salvación a todos los que volvieran a él sus ojos y su confianza. Evidentemente la salvación no brota de la madera de la cruz, sino del crucificado en el madero, es decir de su entrega a Dios por los hombres. Como canta el prefacio de hoy, «el que venció en un árbol, sería en un árbol vencido por Cristo, Señor nuestro». El signo y el misterio de la cruz se expresan, pues, en palabras de entrega. El mismo evangelio de Juan coloca en labios de Jesús el mejor comentario a esta certeza. ¿ «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único». En contra de lo que a veces pensamos, Dios no es enemigo de su creación. La vida y la muerte de Jesús no se entienden sino como el gran signo del amor de Dios al mundo. Y la entrega de Jesús a su Padre es el reflejo del acto por el que el Padre nos ha entregado a su Hijo. ¿ «Para que no perezca ninguno de los que creen en él». El fin de la entrega de Jesús es presentado, en negativo, como un rescate. Aceptadas por la fe, su vida y su doctrina nos liberan de la frustración humana y del riesgo de un fracaso total de nuestra existencia. ¿ «Para que tengan vida eterna». Pero su entrega tiene una finalidad positiva: la de ofrecernos una vida plena de sentido. La misma vida de Dios que es amor. La misma vida de su Hijo que se ha distinguido por su autodonación a los pequeños, a los humildes y a los pobres. Esa es la vida que pervive hasta más allá de la muerte y nos une para siempre al Dios viviente. «Te alabamos, oh Cristo y te bendecimos, que por tu santa Cruz has redimido al mundo». Amén.