Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EN 1952 MI PADRE y dos de sus hermanos adquirieron un almacén de coloniales en la avenida de España de Ponferrada. El fundador de aquel negocio era Menéndez, un hombre soltero que parecía un pájaro bondadoso, y que sin duda, lo era. Un hombre frágil y delgado a quien no resultaba fácil imaginar al frente de negocio alguno, aunque sí, tal vez, como oficinista soñador o como hombre flaco de casa, con zapatillas y envuelto en una bata de melancolía y tiempo. Un hombre pacífico, dedicado a ritos modestos y minúsculos: mirar por la ventana, estar al tanto de la llegada del lechero, leer el periódico sin prisa e indignarse ante algunas noticias, o tal vez ante todas. Menéndez iba a veces por su antiguo almacén, hablaba con mi padre y con mis tíos y en aquella tertulia, que era puro filandón diurno, solían llevar la voz cantante unos señores muy divertidos que representaban bodegas de vino de Jerez y del Puerto de Santa María, también de Montilla-Moriles y no digamos de la Rioja. Eran unas sesiones de paz y palabra donde se advertía claramente que todo el mundo apreciaba a Menéndez, un hombre que vivió su leve esplendor de comerciante en la Ponferrada de la postguerra, cuando todo era carencia y Guardia Civil. Menéndez era de pequeña estatura y seguro que pesaba menos de cincuenta kilos. Siempre de corbata y traje, había en él un señorío de aldea pero también un aire urbano aprendido cuidadosamente. Le gustaba viajar en tren y conocer ciudades, grandes o pequeñas, y luego iba al almacén y contaba allí los sitios que había visto, las plazas y los jardines de otras capitales, y siempre tenía un momento para loar la limpieza de la calle Uría de Oviedo, ciudad mítica para toda mi familia en general, no en vano mis cuatro abuelos fueron astures. Menéndez, ya cuarentón, tuvo una novia que era una señora mayor de La Coruña, y vivió con ella un amor por correspondencia. Cartas y más cartas que pronto fueron montañas postales porque los textos venían cada vez más gruesos desde la orilla del Atlántico. Sobres azules que cada mañana dejaba el cartero en la oficina del almacén, que era un gran cajón acristalado que parecía el gabinete del jefe de una pequeña estación ferroviaria. Cartas llenas de cuartilllas amorosas donde viajaban frases largas y bellas, dulzuras y cuidados. Cartas que al principio leía Menéndez con gran curiosidad y delectación, pero que poco a poco empezaron a aburrirle pues él era un hombre impaciente, y esa condición casaba mal con aquella oleada de datos mínimos y amorosos que llegaban desde La Coruña, con tantas menudencias de enamorada, con aquellos temblores maduros dibujados en tinta azul. Sucedió entonces que un día -me lo contó mi padre-, en viendo Menéndez varias cartas juntas, todas de la novia, abultadas y pendientes de lectura, tomó la cruel decisión de arrojarlas a la papelera. El gesto, demoledor, estaba en parte redimido por una promesa, pues unos días después de aquel desafuero, Menéndez y su novia habían quedado de verse en La Coruña. Tal y como estaba previsto, Menéndez viajó a la ciudad, llamó a la puerta de la casa de su novia, y allí se enteró, con gran desolación, de que ella no estaba en La Coruña, sino precisamente en Ponferrada, hacia donde había partido por la mañana, muy contenta y perfumada, con una caja de pañuelos de regalo para Menéndez, que él iba a agradecer con un marco de plata que adquirió en Ponferrada, aconsejado por un amigo de confianza. El desencuentro supuso el fin del noviazgo, pues era la prueba manifiesta de que Menéndez no había leído las últimas cartas de su novia, donde ella le decía que mejor verse en Ponferrada, ciudad donde la novia tenía parientes. «Ponferrada donde me sentiré más libre que en La Coruña», decía ella, «donde te daré muestras del gran amor que por ti siento». Que pronto dejó de sentir.

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