Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Eduardo Arroyo; de León

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VICTORIANO CRÉMER
León

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POR SI FUERA necesario para general conocimiento y demás efectos, me adelante a declarar que admiro la obra de Eduardo Alonso, el artista plástico de más resonancia universal de que podamos disponer. Cuando alcancé a conocer alguna de las obras de Eduardo Arroyo, me dejé ganar por su belleza, por su profunda palpitación, por su imaginación y porque en resumidas cuentas suponía para mí el descubrimiento de un mundo, de otro mundo, poblado de alucinaciones, de monstruos y de símbolos. La magia de la obra de Eduardo Arroyo va por dentro. León, que es tierra de contrastes y de contradicciones, permaneció durante siglos sin otra manifestación escultórica urbana de que la de Guzmán el Bueno, más que como significativa muestra de arte importante, como animación histórica. Luego, atendiendo a las exigencias de un tiempo nada brillante por cierto (porque la vulgaridad nunca concede brillo ni jerarquía), se levantó retadora la columna mariana de la plaza de Calvo Sotelo, de sobrenombre y de pronombre obligado, plaza de la Inmaculada. Y ahí en tan conciso apunto estético, quedaron los esfuerzos de los urbanistas municipales -y espesos-. Sin consultar con nadie, como por generación espontánea, de la noche de la mañana, como quien dice, comenzaron a salirle a la ciudad esculturas asombrosamente mediocres, torpes, inadecuadas, sin gracia, sin imaginación, sin temperatura. Sin duda con las debidas excepciones que pudieran servir para confirmar la regla, y pese a que no faltaron las denuncias contra las ramplonas muestras urbanas, se impuso la indiferencia ilustrada de los que mandaban y se siguió protegiendo la instalación de adocenadas demostraciones de trivialidad estética en esto de las esculturas callejeras. Como para romper la línea de tanta vulgaridad se trató o se contrató con Eduardo Arroyo el diseño de una estatuaria destinada a un espacio singularmente interesante, como era y es la zona de Puerta Castillo y la ruta noble de Santa Marina. Tampoco en este caso se contó con nadie a la hora de sugerir la composición y el artista planificó la mágica escenografía que según su saber y entender mejor convenía al tiempo, al lugar y al espacio urbano. Y fue entonces, y sin entender todavía porqué razones de plástica, de estética, de ética o de arte, una Asociación que se intitula Ciudadanos en defensa del Patrimonio, y a la que nadie le ha concedido ni autoridad ni vela, se ha levantado en armas dispuesta a interponer todos los recursos que fueran necesarios para impedir que la obra de Eduardo Arroyo se establezca en el lugar convenido. Nadie -y menos el que suscribe- se opone a que cualquier hombre o mujer, en uso de sus facultades políticas y mentales en su punto y hora, discuta, critique, debata, se oponga o recurra contra lo que a su buen saber y entender considera que se trata de un error. Si la democracia funciona es porque se admite la recurrencia, pero claro es, siempre que esta ofrezca los puntos de apoyo adecuados para conferir a la réplica fundamento. No se si este es el caso de la cuestión que se debate, pero si cabe aprovechar la ocasión para hacer llegar a los señores que ocupan estrados y escaños, que el hecho de haber sido elegidos para alcaldes, concejales o presidentes no les confiere la categoría ni autoridad para decidir, pro si y ante si montajes urbanos que atañen a la categoría y belleza de la ciudad. Lo que por supuesto no justifica tampoco que cualquier misacantano, por el hecho de figurar en el censo tenga derecho a equivocarse. Como a nuestro humilde parecer, se está haciendo con la obra de Eduardo Arroyo.

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