Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Luis Pastrana, cronista de la ciudad

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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LEÓN, como todo el mundo sabe, es tierra de mucha historia. Y también, que todo hay que decirlo, de una inmensa capacidad para el olvido. De modo, que tal vez, para evitar que nuestros fastos pasen sin dejar huella ha contado, a lo largo de su biografía con algunos notables cronistas, mediante los cuales nos han sido comunicados a modo de heredad los datos más preeminentes de este historia nuestra, cada día más amenazada de ser borrada del gran libro rojo o blanco, para quedarnos en una de esas ciudades que no nos dicen nada. León está de continuo dictándonos una lección de fidelidad consigo misma. No quiere ser olvidada y para ello facilita, a través de sus municipios, la función de cronista de la ciudad o de la provincia. Desde el marqués de Fonteoyuelos a Suárez Ema, Carmelo H. Moros y un poco tangencialmente también el que suscribe, forman parte del capítulo histórico de los últimos años malbaratados. Y a través de sus refencias sabemos que existieron hombres muy notables y también bastante indignos; obras fabulosas y episodios nacionales a lo Pérez Galdós que tuvieron como escenario la ciudad y las tierras leonesas. Tal vez el más ovacionado, el más «morido de amor por la su tierra» al modo de la Pícara Justina y sus asombros, y también el más consciente de la importancia de una misión ejemplar, fue Luis Pastrana, un leonés joven, perfectamente dotado y con una elevada voluntad para culminar la misión que se había impuesto. Sería sin duda el cronista que la ciudad necesitaba y a través de sus libros, de sus conferencias y de sus trabajos de colaboración había conseguido erigirse en el relator más fiel de lo leonés. Amaba a la ciudad, recorría la provincia (por que necesitaba conocerla ya que del conocimiento venía la estimación máxima). Y precisamente cuando estaba culminando con su aventura, cuando las gentes más desatentas acababan por enterarse de la importancia de su labor como gratuito y entrañable relator de las cosas de León, una enfermedad traidora se presenta y lo que no hizo ni el tiempo, ni la indiferencia, ni el cansancio natural, lo consiguió la muerte teresiana. Murió en silencio, de improviso, sin avisar, tal vez repitiendo los versos e la mística doctora: «Ven muerte, tan escondida / que no te sienta venir...». Y cuando desde las torres de la bien cercada ciudad de los Guzmanes se dio la noticia y sonaron las campanas funerales, las gentes de León, que nunca son tan descuidadas como se dice o se siente, conocieron dolorosamente que habían perdido uno de sus hijos predilectos y principales. Oratorio para Luis Pastrana. Un sitio para el olvido. ¡Qué extraño tiempo! ¡Qué nevado cielo, tan imposible para el profundo sonido de angélicos metales! A la boca me sube el alma de la tierra. Siento su peso y su sabor. Soy tierra enamorada, Parte de tierra y aire. Tan tierra soy Que resucito de entre los vivos Todos los días, Cuando las aves del desierto dejan Su sombra y su mensaje. ¡Cuánto amor enterrado a puñados! ¡Cuánto silencio en mi corazón!

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