CRÉMER CONTRA CRÉMER
Vázquez Montalbán: Mito de mi biografía
NO SÉ qué decir, cuando me dispongo a dejar constancia cierta en esta documentación biográfica, del dolor que me ha causado la muerte de Manuel Vázquez Montalbán, ya saben ustedes, los lectores: el autor de Los Mares del Sur , de Los pájaros de Bangkok o de los versos contenidos en libros fundamentales, como por ejemplo Una educación sentimental o Coplas de la muerte de mi tía Daniela . Eran los años 60-70 y ya la letra de la tragedia española comenzaba a amarillear y el estruendo se convertía, día a día, en eco lejano. Pero este chico de la Barcelona pobre, que era Manolo, no se resignó a que el tiempo le arrebatara los recuerdos, por muy dolorosos que estos fueran, porque en resumidas cuentas, las gentes enteras y verdaderas más que de otras sensaciones o sonidos, viven de los recuerdos agazapados. De Manuel Vázquez Montalbán se dice, se dirá durante algún tiempo lo que se evitó decir cuando andaba por el mundo, con su ilusión a cuestas, con sus textos y con sus historias. Porque Manolo más que un escritor de raza, era fundamentalmente, un hombre, con tanto corazón como cabeza. Y acaso, quien sabe, -todavía es pronto para reconstruir vidas malbaratadas o tergiversadas- por lo que ya apuntaba y por lo que se animonciaba, fue retenido en alguna de aquellas prisiones que se montaban en los tiempos bárbaros para retener a los seres dolidos, inconformes y rebeldes. Los críticos literarios, los profesionales de la Crónica, ahormada por datos recogidos del Espasa, los penitentes por las culpas de los padres putativos, se han apresurado a destacar la importancia, la influencia y el ejemplo que un escritor de libros un ex interno, un rebelde, a lo Unamuno, «contra esto y contra aquello», ofrecía a una sociedad desatenta, para su enmienda y raspadura. Ha muerto Manuel Vázquez Montalbán, uno de los pocos escritores que en España merecen ser retenidos en la memoria, en un lejano aeropuerto, de un golpe de sangre que le dejó sin aliento. Entre la multitud que le rodeaba, y bajo la cúpula de firmamentos indiferentes, ha muerto el hombre más sensible, el personaje más ilustre y el español más cabal de los últimos tiempos. Sus libros, sus novelas, sus versos, pasan a establecerse en el cuadro de honor de la literatura española. Y quienes tuvimos con él contacto entrañable, nos sentimos ante su ausencia más tristes, más solos, más infelices. Abro sus libros con la unción con que lo haría con los libros sagrados y me siento estimulado por aquellas sus palabras definitivas: «A Victoriano Crémer cuya palabra me acompaña desde los años cincuenta». Y me echo a llorar. Y escribo para tí, donde estés: Ni flores ni versos al pie del sol. ¡Que no enciendan los velones de la sangre detenida! Apagad el clamor de las campanas Movidas por el viento Que el hombre empuja a puñetazos puros y encerrad en los fosos a las mujeres del espanto. Ha muerto y basta. Redúzcase a cenizas este cuerpo y ofrézcase a los pájaros.