CRÉMER CONTRA CRÉMER
Se acabó lo que se daba
CUANDO lleguen a tus manos estas torpes líneas que hilvano para tu conocimiento y demás efectos, y mientras recojo en una de sus páginas más destacadas el galardón otorgado al leonés Cordero del Campillo, allá por tierras de la mejor Britania; y me entero, reconozco que con la estupefacción de quien ha manejado en su vida más que el puñado de calderilla debido a sus muchos sudores y generoso entendimiento de algunas gentes de buena voluntad, la carestía de la cultura, dado que el Auditorio de las Eras de Renueva nos cuesta, peseta más o peseta menos, más de setecientos millones de dichas viejas y entrañables monedillas; pues en tanto que suceden eventos que efectivamente debieran importarnos como leoneses mucho más que el estado del Real Madrid en la tabla de valores o el resultado de la última competición entre chicas para el triunfo, se cierra o se habrá cerrado ya la pugna -¿democrática?- para cubrir el estrafalario extravío electoral de la Comunidad de Madrid, con sus patologías de tránsfugas y bucaneros políticos. Durante estos últimos treinta días con sus noches, se nos ha dado al electorado humilde y errante la ocasión de asistir a la parafernalia más putrefacta de toda la historia de España, de Africa y de Oceanía. Los unos y los otros, han emplazado la más bestial artillería y se han dedicado los epítetos más insidiosos. Y cuando uno de los portavoces o líderes de grupo se salía asegurando que no le es posible encontrar entre los componentes del ejército contrario, ni dos personas decentes, desde las otras posiciones es respondido con salvas envenenadas descubriendo, para todos los efectos, que uno o una de las candidatas a la mano de esa Leonor centralista que es Madrid, «asume» nada menos que tres sueldos, tres, absolutamente oficiales y legales desde el punto de vista jurídico y laboral, pero difícilmente digerible para el albañil, el minero, el ebanista o el parado. Todo se está desmesurando y a este paso o a esta zancada gigantes nuestra vida política llegara a convertirse en algo muy parecido a una pelea goyesca de rufianes. Y uno no acaba de entender cómo estos ilustres padres de las patrias no se dan cuenta de que con sus intransigencias feroces, con sus maquinaciones, zancadillas y estratagemas estamos acabando con la poca democracia que nos quedaba, para quedarnos en una cueva oscura en la que toda perfidia es válida. Y los electores, o sea nosotros, cada día nos sentimos más desalentados, menos dispuestos a seguir un juego que solamente a la paranoia política nos conduce. Cuando me dispongo a firmar esta apelación, posiblemente Madrid ya tenga presidente o presidenta y hasta algunos esperan ser un poco más felices. Sencillamente, o no tan sencillamente, porque si unas elecciones no sirven para conseguir extraer de donde sea necesario un adarme de felicidad para las gentes, cabe conceder al malicioso de turno la licencia necesaria para pensar por si acaso, quizá, quién sabe, tal vez, estas y tantas otras elecciones no sirvan más que para satisfacer las ambiciones de los de siempre. Y es, querido amigo, porque como diría y dijo Manuel Vázquez Montalbán: «Las tres cuartas partes del tiempo no se halla uno en contacto con las cosas y sí solo con las cochinas palabras que las representan».