Diario de León
Publicado por
LUIS ARTIGUE
León

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Emocionarse, como suicidarse, es algo personal. Críticos e historiadores del arte que asistieran a la última exposición de Eloy Vázquez (acaba de inaugurarse en el Club de Prensa del Diario de León) nos hablarían ante ella de Archipenko como inicio y precedente de la escultopintura en la primera década del siglo pasado. Acaso nos recordarían que Picasso también hacía esculturas lúdicas que luego servían de muñecas para entretener a su hija Paloma, y citarían las joyas de Julio González realizadas con extraños metales, los divertimentos de Esteban Vicente, las obras mixtas de Lucio Muñoz... Pero el caso es que al público corriente y moliente en este instante todo eso nos da igual. Nos acercamos a la obra creativa buscando un mensaje, nuestro mensaje. Único, irrepetible y contagioso mensaje. Y es que pasear entre las esculturas de Eloy Vázquez, realizadas con materiales de deshecho y objetos encontrados que el artista recicla y reinventa, es como caminar entre las ruinas de una casa recordando lo que fue, lo que aún es mientras lo recordamos. Observar los peluches semienterrados y sonreír imaginando al niño tierno que los tuvo entre las manos; ver un sacacorchos roto y creer que ahora parece un pájaro, acercarse a las paredes destartaladas y pensar que la materia asoma en ellas con las texturas que tienen los cuadros de este artista; pegar un oído en el suelo para escuchar los pasos antiguos que una familia dio por esa casa como quien pega un oído a la serie de instrumentos musicales que hay en esta exposición, los cuales, si nos acercamos, creo que desprenden aún música: la canción de las cosas; o encontrarse botellas y vasijas por el suelo e imaginarlas colocadas en las estanterías como los bodegones escultóricos que este artista realiza con mimo en homenaje a Morandi... En medio de este mundo en ruinas que habitamos la exposición de Eloy Vázquez parece una hermosa protesta contra la dictadura de lo útil. Un artista ha venido a decirnos sin palabras que todo puede servir, que todas los objetos son algo más que objetos, que todas las cosas tienen la misma importancia, aunque no el mismo precio. Igualmente, integrando tan diversos materiales, parece estar haciendo un elogio de la diversidad y enseñándonos la sencilla verdad de cuan importante es el diálogo y que, mediante ese diálogo, todo puede llegar a ser compatible. Todo aquí es compatible. Todo cabe en los cuadros de Eloy Vázquez. Uno, al ver la obra de este artista y al empaparse de la honradez que emana de ella, no puede evitar sacar algunas lecciones para la vida. Gratificante resulta recordar que existe otra forma más amorosa de hacer las cosas. Sobrevive el arte capaz de emocionarnos y resarcirnos un poco de la contemplación de todas esas atrocidades que el ser humano es capaz de hacerse a sí mismo. Existen acontecimientos estéticos como esta exposición capaces de hablarnos con elocuencia del buen gusto al tiempo que nos regalan ciertas verdades éticas que llamamos mensaje. ¡Basta de cultura elitista y celestial, o de cultura entretenedora a ras de suelo! ¡Viva la cultura con mensaje! Habrá quien diga que el mensaje lo pone tanto el espectador como el creador, y supongo que es cierto. Pero ahora que el arte parece sólo para «listos» y por eso hace oídos sordos a la mayoría del público interesado, muchos agradecemos que aún existan artistas que intentan conmovernos con sencillez y pericia al tiempo que nos invitan a ser receptores creativos. Sí, veamos arte y busquemos su mensaje. Eloy Vázquez, ese artesano con oficio, nos brinda la oportunidad de visitar su última exposición, y contrastarla con el estado actual del mundo, y cerrar por eso los ojos, y volverlos a abrir para descubrir que la belleza es pura subversión. Aquí está: una nueva exposición, una nueva respuesta a todas las preguntas, un espacio con música, colores y emociones; maderas que una vez ejercieron de cimientos, vida después de la vida... Se la recomiendo.

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