Diario de León

SOSERÍAS

Explicación de un asesinato (teoría del órgano)

Publicado por
FRANCISCO SOSA WAGNER
León

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PROBABLEMENTE motivos para matar a un semejante introduciéndole una navaja barbera en el tercer espacio intercostal o vaciándole un cargador en el pecho no faltan pero despachar a dos paisanos simplemente porque tocaban el órgano debajo de la ventana del agresor parece, a primera vista, un poco desmesurado. Pero analicemos el asunto. Aclaro antes de proseguir que por órgano hay que entender el instrumento musical de viento integrado por tubos y más tubos de calibres diversos, no como algún rijoso podría pensar el aparato genital cuya excitación tanto desarreglo y ansiedad produce en la sociedad. ¿Qué razones pueden existir para odiar tanto al órgano? ¿Justifica la música que produce este instrumento el asesinato? Estas son las preguntas que plantean el hecho delictivo reseñado. Pero hay otra en cierta manera previa: ¿qué hace un órgano por la calle?, ¿quién le ha dado permiso?, ¿va adecuadamente documentado? Es verdad que, desde hace varios siglos, existe ese órgano portátil que se colgaban los músicos a los hombros sujetándolo por medio de una correa para participar de manera pertinente y festiva en las procesiones religiosas y en marchas patrióticas, pero la efectiva frivolización del órgano es de nuestros días y procede de esa modalidad electrónica que reproduce los sonidos de una orquesta entera, piano incluido, y que, unido a ordenadores, ecualizadores y armonizadores, permite a quien lo acciona fingir unas habilidades que no son sino el producto mentiroso de la esquiva técnica. Éste es el órgano de calle, el órgano que ha perdido su dignidad y su justificada altanería y se ha convertido en un trotamundos que vaga por las esquinas con la decencia definitivamente arrumbada. En él, en este chisgarabís callejero, debe ser localizada la irritación del homicida. Y por ahí ya empezamos a comprenderlo y a avistarse la indulgencia con la que debería ser tratado. Porque el órgano, con toda su complejidad, es un instrumento para estarse quietecito en las iglesias catedrales, con el sacristán sacrificado y tartamudo de latines que le quita el polvo por las mañanas, el organista lleno de melindres afinándolo sin parar y los canónigos copiosos de teología admirándolo como dios manda en sus preces matinales. Sus mismos tubos, altos y altivos, relucientes, están ya pregonando su desdén por el mundo, su ansias lógicas de gloria celestial, su cercanía al empíreo donde se reparten las bienaventuranzas. Sépase pues que el tubo de un órgano es asunto que no admite bromas para zascandilear con él, de ahí el sosiego arrogante que gasta y ese difícil acoplamiento que exige y que es su secreto. Todo ello impone tranquilidad y equilibrio, lo contrario a la la vaga vaguedad del vagabundeo. Mientras Bach estuvo al frente del teclado componiendo para dar de comer a sus hijos y para que estos pudieran a su vez componer, mientras Pachelbel o Haendel hicieron lo mismo, todos ellos dignos en sus pelucas barrocas y dorando el oro de sus ocurrencias magníficas, el órgano se mantuvo rodeado de respeto y de una deferencia cierta por parte del vecindario. Incluso después, cuando el gran judiazo Mendelssohn compuso la Marcha nupcial para que se casaran miles de enamorados empalagosos y bebieran con ella el bálsamo del amaneramiento, el órgano era un ser honrado, una suerte de maestro lejano que nos acaricia con sus enseñanzas. El órgano tiene pues una unión hipostática con la iglesia, enlazándose en él las naturalezas humana y divina de estos establecimientos. O sea, cosa seria. Por eso, al salir a la calle y ponerse en manos de cualquier botarate, se arriesga a vivir escenas como la narrada, ciertamente de una violencia inusitada. Pero ¿se puede esperar mesura frente a quien se despacha tan alegremente con una tradición rizada en sosiegos? Mi opinión es que no, excepto que se trate del organillo, estupendo para oír oberturas de zarzuela y a cuya manivela daré vueltas en breve para sacar en el futuro otra sosería.

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