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Estampas para Roldán

La salida de tono del presidente de Cantabria fue la única nota discordante en un acto que, hasta entonces, había sonado limpio y afinado como una buena canción

Ibarretxe y Fraga conversan animadamente en el acto de apertura del año jacobeo

Publicado por
Nacho Mirás - roncesvalles
León

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El caballero Roldán murió en la legendaria batalla de Roncesvalles en el año 778; pero de no haber sido masacrado, bien podría haber perecido por hipotermia. Porque aunque el sol lució durante todo el día de ayer en la comunidad foral, los montes navarros son en esta época una vistosa cámara frigorífica en los que el sol ilumina, pero no calienta. El acto de apertura del año jaco-beo dejó unas cuantas estampas para el recuerdo. La primera, un mosaico político formado por teselas muy dispares que sólo en ocasiones muy contadas encajan a la perfección; y la de ayer era una de esas ocasiones. O casi. Porque en todos los puzzles hay siempre una pieza que, aún encajando, sobresale al menos al tacto. Esa pieza fue ayer el presidente de Cantabria, el regionalista Miguel Ángel Revilla. Aprovechando la presencia en el acto del lehendakari, Revilla tiró con bala y dijo: «Ahora que algunos quieren aislarse del proyecto común de España, Cantabria defiende la pluralidad y se siente orgullosa de permanecer a España. Roncesvalles es un buen lugar para hablar de España». La verdad es que los casi 250 periodistas que cubrían el acto te-nían la corazonada de que, o bien Fraga, o bien Ibarretxe, soltarían alguna liebre informativa en sus intervenciones. Pero se equivoca-ron de lleno cuando comprobaron que lo que saltaba no era una liebre, sino un conejo, y que salía de la chistera del presidente cántabro. Hubo quien bromeó: «Tanto va el cántabro a la fuente...» Y es que el protocolo había sen-tado a don Manuel y a don Juan José el uno al lado del otro, como a dos compañeros de clase que compartiesen la letra del apellido. Y otra vez volvieron a equivocarse los agoreros que pensaban que Fra-ga y el lendakari no se dirigirían la palabra; lo hicieron al salir de la colegiata, amenos y cordiales aunque sin beso ni abrazo ¿qué esperaban? Qué se dijeron sólo lo sabe el cielo. La salida de tono del presidente cántabro no fue bien vista por al-gunos de sus compañeros, que no consideraron que el lugar fuese el más adecuado, por mucho que hace más de mil años Carlomagno y los vascones dirimiesen sus dife-rencias allí practicando la charcu-tería. Lo de Roncesvalles dejó otras estampas. Como la caminata de mil y pico metros que se metieron en-tre pecho y espalda entre el alto de Ibañeta y la colegiata de Ron-cesvalles el príncipe, la ministra y los presidentes. Largas y pausadas zancadas del heredero de la Coro-na, recién bajado de un helicóptero; y apurados y estudiados pasitos de los gobernantes, pendientes algu-nos más que otros de salir bien colocados en las fotos. Hasta Roncesvalles llegó también «Zapatones», el popular peregrino del Obradoiro, que no viajó ni en helicóptero ni en coche oficial. Como no es alteza, no cayó de las alturas. Lo hizo de un camión de reparto de Seur. Lo malo es que en el lugar donde Roldán (el caballe-ro, no el que fue director general) pasó a la Historia después de hacer sonar su olifante hasta reventar, se encontró Zapatones con un clon peregrino con el que tuvo que re-partir su protagonismo gráfico. La tensión jacobea podía masticarse. Otra estampa la dieron sin duda los medios de comunicación. No es que el acto no fuera importante, que lo fue; pero semejante pere-grinación mediática sólo tenía una explicación: se corrió el rumor de que el príncipe de Asturias viajaría a Roncesvalles acompañado de su prometida. Como Letizia no apareció, los compañeros de un espacio cardíaco llenaron el hueco preguntándole a Fraga: «Qué, don Manuel, ¿ya ha recibido la invita-ción?». Los periodistas se fueron con su exclusiva diaria: «Don Ma-nuel aún no ha sido invitado». Roncesvalles multiplicó su po-blación por cien. Al caer la tarde, los políticos volvieron a sus coches oficiales, don Felipe a las revistas y los mochuelos a sus olivos. En los montes de Roncesvalles quedó, como el golpe de una txalaparta, el eco sordo de un deseo común: que el Camino de Santiago perdure.

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