EL PULSO Y LA CRUZ
Gimnasia, magnesia y religión
Tendrá que ser así. Un año más se nos ha adelantado el flagelo cuaresmal en forma de noticias. No han sido los pulsos directos de nuestras diócesis de Astorga y León (crucemos los dedos) los afectados, pero, por extensión y por alusiones, algo nos toca en el reparto de la estopa. Debida o indebidamente, que esa es otra cuestión. El más sonoro envite vino de las declaraciones de varios prohombres -y promujeres- del mundo de la política que embestían esforzadamente contra un párrafo (más bien una línea) de un largo documento emanado de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida, en el seno de la Conferencia Episcopal Española, titulado «Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España» . Es un documento para uso interno de la Iglesia Católica en España y, en particular, de los agentes de pastoral familiar, que fue elaborado después de meses de trabajo de expertos y de acogida de sugerencias, aprobado en su conjunto en el pasado noviembre y, con las correcciones oportunas, presentado hace pocas fechas a los medios de comunicación social. Y acentúo algunas de estas informaciones previas (léanse despacio o reléanse) para que sea más fácil hacerse una idea lo más exacta posible del asunto causante de la rasgadura de vestidos. El tal asunto tiene su fuente en el subrayado, a todas luces inmoderado, que hizo algún medio de comunicación tras la presentación del documento y se supone que después de una lectura rápida y superficial del mismo. A ese sesgado trazo se apuntaron enseguida aquellos políticos que, aunque lo disimulen a veces, tienen como principio ideológico que de la Iglesia y aún de cualquier religión, como los portugueses de España, «ni bom vento ni bom casamento». O sea, que la religión sigue siendo el opio del pueblo, aunque haya que consentir su presencia, manque sea a regañadientes. Por eso el salto que alguno dio era fácil y esperable: «Es preferible más deporte y menos religión en las escuelas». Todo provenía de una afirmación que se hace en el Directorio, según la cual se relaciona, como fenómeno de causa-efecto, la revolución sexual (pero no sólo ella) con la violencia doméstica o que ahora llaman, con exquisitez, de género y aun con toda la quiebra de las uniones familiares. Una frase en un largo y complejo documento fue el percutor de la escandalera. Ya ven. Y, además, nada descaminado, sobre todo si se une a otra serie de concausas de la violencia doméstica, de la deshumanización en el trato entre sexos, de las infidelidades conyugales y de las rupturas familiares. Coloquen aquí otras fuentes, como hace el Directorio: la revolución sexual y también la reducción de la mujer (o del hombre) a ser objeto de placer, la despenalización del aborto, la bendición del divorcio, las leyes permisivas, el consumismo sin control, el sexo sin amor, la decadencia de los valores auténticamente humanos, la manipulación de la verdad por parte de los mass-media, la insuficiente protección estatal hacia las familias, la mujer y los hijos. Una vez más habrá que pedir a los «lectores» de documentos, en especial al periodista que hace la primera y apresurada lectura, que no se utilicen las declaraciones de la Iglesia sacándolas de su contexto. Y habrá que esperar de los políticos que no comulgan con la idea de persona y de organización social que defiende la Iglesia Católica, que se abstengan de hacer aplicaciones forzadas, interesadas, electoralistas y superficiales. Porque fíjense dónde llegó un líder político, cuando, a raíz de las interpretaciones citadas, se lanzó a afirmar que habría que arrancar la enseñanza de religión de las escuelas, precisamente porque ésta defiende lo que se presume que sostiene la Iglesia sobre las consecuencias nefastas de la «revolución sexual». Era fácil dar un salto más: más deporte y menos religión. Y aquí sí que fue confundir la gimnasia con la magnesia. Otro asunto de mayor calado es no olvidar que las enseñanzas de la Iglesia no pueden, en una gran medida, ser consideradas «políticamente correctas» en una sociedad como la nuestra. La Iglesia promueve una escala de valores y una concepción del ser humano, de las relaciones interpersonales, de la familia y de la organización social que no coinciden con la cultura dominante. Venturosamente.