CRÉMER CONTRA CRÉMER
Columna de opinión
EN UNO de sus interesantes estudios de actualidad llevados a cabo por el profesor Amando de Miguel, se adelanta a toda forma de réplica, afirmando que «para cubrir una columna de opinión; lo primero y principal es tener opinión». Y a la vista de los opinantes que en España tienen o tenemos patente de corso para navegar por las siempre procelosas aguas de la actualidad nacional, local e internacional, uno se pregunta o nos preguntan: ¿Todos cuantos se dedican a establecer opiniones o a juzgar de las opiniones ajenas, disponen de opinión? A la larga, el curioso atendedor, lo que consigue es sospechar que el profesor que imparte opiniones la mayor parte de las veces lo que hace es obedecer o seguir el curso de sus intuiciones, porque solamente unos pocos de los que juegan a manejar las opiniones ajenas disponen de los medios para captar las opiniones válidas. Lo demás es, será, suposición. Se supone, por ejemplo, que, por no salirnos de madre, el pleito de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León (Ahora Caja España con bisonte) ha sido propuesto y sustanciado con tal cúmulo de contradicciones, de duras, de sospechas, que ni el más versado o suspicaz es capaz de alcanzar la almendra amarga de la verdad. La realidad del caso ha sido que, como en el verso del Conde, el matador pudo haber sido Bellido, pero el impulso fue soberano. Por un solo voto la Junta de la Entidad elevó a la dirección de la entidad a un candidato, se supone que dotado de todos los méritos necesarios para ocupar tan destacado y fragilísimo instrumento de poder. Y por un solo voto fue anulado de la lista de operadores principales del mismo instituto financiero el que hasta ahora lo venía ejerciendo. ¿Cuál ha sido la opinión que predominó entre los encargados de juzgar a los personajes enfrentados? ¿Tienen realmente una opinión personal los ejercientes de jueces y verdugos o como viene siendo advertido desde hace algunos años, la entidad se deja llevar, como las aguas del Bernesga al mar que es el morir, pro el cauce vigilado por los guerrilleros de los dineros del común? La opinión que autoriza a una persona a entender, y decidir si es obligado, es una cuestión, asunto o pleito, no se consigue por figurar en las listas de tal o cual partido político o enternecer a ésta o la otra confesión religiosa, sino por la sabiduría adquirida en la práctica por unos seres dotados de capacidad de entendimiento, independencia personal de criterio o sabiduría adquirida mediante el estudio y sus comprobaciones con la realidad. Hablar de opinión infusa es tan descabellado y sospechoso como alegar certidumbre indiscutible por disponer de un carnet. Obedeciendo, nunca se sabe a qué presiones, España se está poblando de opinantes, tan audaces, tan descarados, tan desenfadados que acaban por producir un cierto estado de rechazo general. Se opina, con carácter definitorio y decisivo, como si se tratara de las tablas de la ley que Moisés bajó del Sinaí, sobre política, sobre economía, sobre cultura, sobre religión, sobre todo, sin que los alegres profesionales de los columnarios y las tertulias se vean obligados a justificar sus intuiciones, o lo que es peor, sus obediencias. Porque si opinar es siempre un riesgo, hacerlo por obediencia debida es una bajeza miserable. Porque sólo la verdad nos hace libres. ¿O no?