Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Los curas y los guardias

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VICTORIANO CRÉMER
León

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ME DOY perfecta cuenta del lío en el cual me voy a meter. Y no es que yo sea valiente sino que me parece que debo intentar al menos asomarme a los temas para componer un comentario que al menos sirva para que el curioso lector, si existiere, se nutra de mis sagacidades, ya que no de mis sabidurías. Y digo, quiero decir, que de entre los asuntos que gravitan sobre la atención humana peninsular, pocos o ninguno tiene más calado que los dos que se superponen incluso a los comentarios sobre la guerra del golfo segundo o sobre la lección magistral que ofreció don José María Aznar, en función todavía de presidente del Gobierno, a los parlamentarios y becarios de los Estados Unidos de Don Bush: Cuando todavía no habíamos digerido bien la hamburguesa de Washington, nos informa la Sección de Colaboradores de que disponemos, que en vista de lo mucho que se roba en el país y de los apasionamientos criminales de mucha gente indígena o de patera, el Estado, con muy buen criterio y los municipios que tampoco miran hacia otro lado, se dispone a incrementar la nómina de guardias a fin de que las Ciudades (la nuestra en primer lugar) se sientan protegidas. Y por si los guardias de nuevo cuño han de vigilar a pie o en moto, y por si deben permanecer armados o sin pistola, se ha suscitado un debate a nivel profesional, entre los componentes del grupo gobernante y los que forman la santa oposición, de padre y muy señor suyo. Sin querer caer en la cuenta, clara y terminante de que el problema de la seguridad no es tanto cuestión de número, como de disposición de los guardias en cumplir con su obligación eficazmente. Y cuando en éstas estábamos, van los señores obispos de la Conferencia y se salen asegurando que la terrible epidemia de matar mujeres que sufrimos se debe a la revolución sexual, o sea que la mujer maltratada no lo es tanto por la sevicia y la mala entraña y la peor educación de los nachos bárbaros, sino que es obligado fruto de la libertad de cultos sexuales, a los que la sociedad moderna se ha entregado, cerrando los ojos a los principios tradicionales de Dios, Patria y Rey. Los de la acera de enfrente, argumentando como tales, replican que no es eso, no es eso, y que no es ni razonable, ni cristiano ni nada que se promulguen ideas que puedan determinar la formación escolar de varones intrépidamente machistas con mujeres sumisas y dispuestas a padecer martirio por no tolerar ni vejaciones ni maltratos. Y los señores obispos, mirando hacia atrás sin ira, rectifican y aceptan que son muchos los signos de barbarie como para que puedan estos traducirse a lo teologal diciendo que la culpa de la violencia doméstica es fruto de la revolución sexual. Aunque parezca una desviación intelectual del que suscribe, no en vano este comentario aparece encabezado por un título insignificante: Curas y guardias o viceversa. Porque ¡miren ustedes que si todo el cogollo del asunto se redujera a que los guardias, en vez de atender a las labores orgánicas derivadas de su función como guardianes de la Casa de la Poridad le echaran autoridad al asunto de las mujeres violadas, maltratadas y maltrechas guardias!... ¡Mandaría huevos!

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