LA GAVETA
Una sonrisa
HACE MÁS de diez años mi familia y yo vivimos nuestro particular 11 de marzo. Y me atrevo a recordarlo ahora, en público, en la estela de los infames crímenes de Madrid. Crímenes contra España y la humanidad perpetrados en nombre de un dios del odio que no puede existir; o en nombre de una patria siniestra que jamás existirá. Fue el domingo 1 de agosto de 1993. Yo estaba en casa, en Valencia, recién llegado de Oropesa del Mar y entonces, hacia las dos de la tarde, sonó el teléfono. Lo cogí yo y al otro lado del aparato surgió la voz de mi tío José Ramón López Gavela, que me llamaba desde Ponferrada. -César, mira, tus padres han tenido un accidente. Yo no dije nada. -Un accidente importante, ¿sabes? -continuó mi tío-. Fue en Asturias; iban con unos amigos... Acaban de avisarme. Yo seguía en silencio. Mis pulsaciones estallaban. -Tu padre está herido. Parece que grave. -¿Y mi madre? -rompí a hablar. -¿Tu madre? -Sí, mi madre. ¿Cómo está? -Tu madre... Tu madre... murió. El día antes había hablado con ella. Igual que mis hermanos, que algunos amigos, que algún vecino. Ese día antes que ya era sagrado. Misterioso. Hondo hacia arriba. Interrumpo aquí la crónica de aquella fecha porque el espacio manda y lo que quiero es contar lo que vino después. Testificar cómo el dolor inicial, tan lleno de sangre, se fue convirtiendo en otra cosa según pasaban los días, los meses, los años. Y aunque sé que no es lo mismo morir en un accidente de circulación que a manos de la más fanática barbarie, la pérdida del ser querido aúna a causas tan opuestas. ¿Qué pasó después de la trágica muerte de mi madre, María del Milagro López Gavela? Al principio, una brumosa incredulidad. Imaginar incluso que se podía dar marcha atrás al tiempo; que se podía volver al instante previo al accidente y evitarlo. El coche frenaría y no caería sobre el río en el descenso del puerto del Connio. Luego esta idea, que es como un salvavidas, desaparece. Y viene la pérdida, con todo su oscuro esplendor. Se asume el hecho, no se acepta. Se llora. Pero a partir de ahí ya empieza a madurar la pérdida. Muy lentamente. Hasta que por fin aceptamos que nunca más volveremos a ver a la persona querida. A hablar y reír con ella. Esta aceptación, en su tramo final, ya se convierte en una costumbre. La más triste de todas. Pero hay otra pena que no cesa con los años: la melancolía que sentimos al constatar el tiempo de vida, las ilusiones y los proyectos que el accidente robó a su víctima. El ingenuo duelo de sentir que ella ya no puede saber las cosas que pasan en el mundo; que no puede viajar; que no puede hacer amigos nuevos; leer libros que le gustarían; ir a conciertos, y en el caso de mi madre pintar aquellos cuadros donde siempre había un bosque y casi siempre un atardecer. Y de ahí ya se pasa a una religión laica. Religión cuyos dioses son humanos, imperfectos, como nosotros. Dioses reales, que viven en nuestra mente, que no pueden vivir en otra parte. Mi madre es recuerdo, como todos los que se fueron. En mi modesta creencia, ella sólo perdura en quienes la conocimos, en nuestra memoria. Es poco y es mucho a un tiempo. Porque está con fuerza, y nos habla muchas veces, aunque su tono de voz ya no es tan nítido como en los primeros años. De un modo muy parecido supongo que vivirán su terrible dolor los familiares de los muertos de Madrid, nuestros hermanos a los que nunca abandonaremos. Yo les deseo que acaben convirtiendo a quienes fueron sus héroes en la vida, sus queridos héroes, en dulces dioses que siempre velarán por ellos. Se trata de una fe laica y antigua, compatible con otras, por supuesto. Pero a quienes sólo tenemos ésta, nos basta y nos emociona cada día. Nos ayuda a vivir. Y siempre nos trae una sonrisa.