Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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Las bombas. El pánico. Los trenes o amasijo de hierros y esos cuerpos dispersos porque ha explotado la vida diaria. Todo horror deja eco en la memoria. Luego los teléfonos móviles de los asesinados sonando sin parar. Pies, brazos, manos que algunos voluntarios han ido recogiendo como una madre triste juntaría los trozos de la muñeca que rompió con saña su caprichosa hija. Un hito monstruoso quiere manchar ahora esas paredes blancas de nuestros hospitales y conciencias pero aún hay enfermeras, médicos, donantes y gente puesta en pie con la mirada rota y las manos dispuestas en nuestros corazones. Claro que resistimos pero no olvidaremos porque todos los muertos se han vuelto cicatrices del cuerpo colectivo; de la vida global. Mis gafas lloran solas ante el televisor y escribo este poema atormentado como añadiendo así también mi nombre a la lista de heridos. No he apagado la luz por miedo a que la rabia pudiera escabullirse o sólo camuflarse entre mis emociones. Reniego de los libros en los que un día leí que la última estación de tren, la de la muerte, sólo era una metáfora. Salgo a la calle. Callo. Grito. Entiendo -hoy que llueve en León como llueve en Madrid y así unifica todas las manifestaciones la congoja del cielo- que estar vivo, ese agravio comparativo cruel, hoy me duele y me obliga. ¡Más de doscientos muertos no enterrables! Qué descansen en paz. Nosotros no.

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