CRÉMER CONTRA CRÉMER
El libro, el libro, el libro
TODOS los habitantes de este planeta azul, tan descolorido, sabemos que precisamente en este mes de abril, el de las lluvias mil, los españoles y leoneses celebramos o estamos en cierto modo obligados a celebrar el Día del Libro. Y todos, más o menos, no ignoramos que en España y en León, el libro no es precisamente un artículo de primera necesidad. No se leen libros, quizá porque no supieron nuestros padres, ni nuestros maestros, ni nuestros mentores acercarnos al libro con amor. Los supervivientes de la generación pasada de rosca, que fue a la que pertenece el que suscribe, recogió la obligación de leer, como una parte necesaria de nuestra formación: Por ejemplo, para ser concejal, o para conseguir una plaza de secretario remunerado en alguna industria tecnológicamente iletrada. Celebramos, a nuestro modo, esta fecha singular del Libro, recordando la figura de aquel Miguel de Cervantes Saavedra, príncipe de los ingenios españoles, y la fecha de su fin, siendo el 22 del mes de abril del año 1616. Y de aquel excepcional español, nació afortunadamente aquel otro Caballero de la Triste figura, dado a meterse en aventuras, muerto y sepultado en Madrid, evidentemente rompeolas y rompe muchas otras virtudes nacionales. Y desde nuestra infancia, se nos dio, como recurso supremo para nuestra formación intelectual, moral y hasta religiosa diríamos, la obligación de leer El Quijote. Y ante el acoso del bueno del maestro que nos vigilaba, fuimos leyendo, página a página, episodio por episodio, la vida y milagros del Caballero. Hasta saciarnos. De modo que muy justamente podemos declarar que aquella forma de enseñarnos a leer, a establecer contacto con el libro, no ya desvió nuestra atención hacia lecturas más amenas o hacia el abandono de cualquier forma de libro, sino que aquella desviación se mantuvo en nosotros durante años, hasta que el libro fue como un recuerdo muy lejano e ingrato. Y simplemente dejamos de leer, como dejamos de discurrir. La lectura, el libro, no puede ser ni una manía ni una costumbre, ni una receta contra la melancolía. O el libro es un objeto de amor, o no es nada. A lo sumo se queda en un instrumento útil para ganarse la vida, no para soñarla, que es la forma más noble de vivirla. Nos encontramos en esta Era de las descomposiciones fundamentales con la tremenda realidad de una sociedad escasamente aficionada a la lectura. Grupos familiares existen que no disponen de un solo libro, ni siquiera como adorno. Y millones de seres a los que se atribuye un mínimo de sensibilidad, que huyen del libro como del enemigo. Declinan toda suerte de obligaciones, lisa y llanamente porque ni les interesa el comercio con los libros, ni se sienten inclinados a proporcionar libros a quienes lo necesitan. El libro no es útil para quien domina, quizá porque los vientos que el libro orienta son los de la libertad bien entendida. Pretenden tal vez los tuteladores de la cultura cubrir el expediente mediante la dedicación de una fecha del calendario a la promoción del libro, sin otro esfuerzo ni compromiso. Y no es eso, no es eso. Convertir la fecha del Día del Libro, en un festejo al modo del Día de la Madre o del Día del Seminario nos parece abominable.