Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Nuestro archivo de la Guerra Civil

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VICTORIANO CRÉMER
León

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EL IRLANDÉS señor Gibson puede opinar sobre la guerra civil española como también podría hacerlo sobre la Revolución Francesa, pero nosotros españoles también. El Presidente de la Junta de Castilla y León, señor Vicente Herrera, con títulos suficientes para ello, tiene licencia para opinar sobre la guerra y para recomendar la custodia de los archivos derivados de ella donde entienda que mejor conviene a los efectos más convenientes para el estudio y conservación de los dichos anales de la guerra. Nosotros, también. El señor Maragall, presidente de la Generalidad de Cataluña, puede, si quiere, solicitar del Estado español propiamente dicho, la devolución de la parte del archivo de la guerra (que en la actualidad se guarda en Salamanca) relacionada con la parte de la desdichada aventura española, en la que esté más directamente implicada la tierra de Companys. Y nosotros también. España es un país democrático, pero ello no supone que cualquiera de sus partes pueda o deba exigir el depósito sagrado de la documentación más o menos fiel de la guerra civil. Por esa razón, si lo es, nosotros, los leoneses, tendríamos muchísimo más derecho que muchos otros pueblos de la Península, para solicitar que nos fueran cedidos aquellos documentos de los cuales se pudieran desprender sucesos históricos dignos de ser conservados para conocimiento, entendimiento y perdonanzas de lo que fuera sin duda el capítulo más tremendo de la Historia de España. Porque León, aunque llevemos ya muchos años intentando borrar todos los indicios de nuestra agonía, fue parte muy principal de la guerra, hasta tal punto de que si los sucesos que en León tuvieron su escenario se hubieran desarrollado de distinta manera a la que fueron en su día, tal vez hubiera sido muy otra la marcha de los acontecimientos y el final de los mismos. León, situado en el enclave más estratégico del mapa bélico, como centro de la cruz de caminos que hacia Asturias, Galicia y Castilla conducen, fue sin embargo sometida en un alarde osadísimo pero oportuno y convertida en el más extenso y mísero campo de concentración de la Península en llamas. Miles de leoneses, sorprendidos al pie de la cama, resultaron arrollados y sacrificados y San Marcos se convertía en campo de concentración y de exterminio, viéndose la ciudad obligada a levantar otro campo de concentración en Santa Ana, cuando los batallones catalanes eran rendidos. Nosotros también tenemos protagonismo especial en ese Archivo de la guerra y el mismo derecho que Cataluña o que Galicia para reclamar la parte que nos afecta. Nosotros también tenemos derecho a saber qué es lo que sucedió en aquellos fatídicos días de julio del 36 y, a poder ser, el paradero de tantísimos leoneses como murieron sin confesión con las espaldas pegadas contra las piedras. Nadie se explica cómo en tanto que hasta en los poblados más insignificantes de España, se consiguió rescatar páginas del Libro de la Guerra Civil, en León todavía, no sabemos exactamente qué es lo que ocurrió, ni, lo que es más importante, cómo ocurrió. El desmembramiento que se teme que se produzca del Archivo de la Guerra sería como si de nuevo dedicáramos nuestro tiempo a descuartizar España

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