Las posibilidades de encontrar un planeta con vida semejante a la de la Tierra son escasas

¿Existen otras civilizaciones en el Universo?

El Sol, la Luna, la presencia de agua y una temperatura adecuada han sido claves

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T. Gómez - león
León

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Tras saber de la existencia de miles de millones de estrellas y estando distribuidas por el espacio interestelar las moléculas necesarias para la vida, es lógico pensar que ésta no debe ser un hecho aislado y exclusivo de la Tierra. Sin embargo, las posibilidades de que exista en ésta o en otra galaxia un planeta semejante al nuestro, con un satélite que le estabiliza, un Sol que proporciona energía y una temperatura adecuada, la presencia de agua, planetas cercanos que actúan como un escudo protector, y que a pesar de contar con millones de especies a lo largo de millones de años, tan sólo una haya evolucionado hasta alcanzar una inteligencia superior, son realmente muy escasas. La vida en la Tierra tiene unas peculiaridades basadas en la necesidad de materia y energía para que los seres vivos se alimenten y reproduzcan almacenando información que luego transmitirán a las generaciones posteriores, todo lo cual se basa en la necesidad de un estado líquido de la materia. Para que esto se lleve a cabo han sido necesarios cerca de 4.000 millones de años desde la aparición de los primeros microbios hasta el momento actual. Como el líquido predominante en nuestro sistema de vida es el agua (hasta un 95% en el cerebro), para que se haya desarrollado una forma de vida semejante en otros planetas sería necesaria su presencia, salvo que se base en otro fluido. Circunstancias excepcionales Si, además, suponemos la necesidad de una fuente de energía primaria como el Sol, lo suficientemente grande como para abastecer a todo el planeta y lo suficientemente pequeña como para no calcinarlo, que permita una órbita adecuada, sin la presencia de otra estrella próxima (como sucede en la mayoría de los casos), las cosas se complican aún más para encontrar compañeros en el Universo. Pero si esto fuera poco, el cúmulo de casualidades se enreda un poco más con la presencia de la Luna, un satélite que podría parecer inútil desde el punto de vista de la vida en la Tierra. Nada más alejado de la realidad, porque la Luna estabiliza nuestro eje de rotación haciendo posible que las variaciones térmicas cíclicas cada 41.000 años oscilen sólo en un rango de 2,6º C, algo que sin este satélite nos haría alcanzar temperaturas de hasta 450º C o llevaría a la Tierra a una glaciación casi interminable. Tampoco se debe olvidar la presencia de Júpiter, un planeta que absorbe los impactos de cometas y asteroides evitando que vayan a parar a planetas interiores como el nuestro y produzcan impactos como el que acabó con los dinosaurios, lo que acabaría con las posibilidades de que la vida siguiera evolucionando dejando una imagen desolada por los cráteres como ocurre en los otros planetas sin vida. Y para concluir, el colmo de la buena suerte ha sido que la Tierra ha mantenido durante miles de millones de años una temperatura dentro de unos márgenes aptos para la vida. Tal vez, estemos suponiendo un antropocentrismo total y se pueda pensar en que exista vida inteligente en formas inimaginables para nosotros. Pero esto no deja de ser una especulación o un argumento para una novela de ciencia ficción. Si nos ceñimos a lo que conocemos y existen otros seres inteligentes, ¿dónde están? Nuestros sistemas de comunicación o los suyos ya tendrían que haber establecido algún tipo de contacto. Podemos concluir que nuestra existencia es una rarísima forma de materia y energía evolucionada hasta el nivel de preguntarse cómo empezó todo y qué es y qué sentido tiene la vida.

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