PANORAMA
La policía
TENGO LA IMPRESIÓN de que las sesiones de la comisión de investigación del 11-M no están viniendo precisamente bien a la imagen de la policía española. Tampoco a la de la clase política, desde luego, pero eso era previsible. Nada importa que los autores materiales de la masacre fuesen pronto descubiertos y el fin que algunos de ellos se dieron, lo que podría, en cierta lógica, ser considerado como un éxito policial. Eso parece secundario; todo el interrogatorio se desarrolla en torno a si algunos policías comenzaron a seguir la 'pista islámica' a las doce de la mañana del nefasto 11 de septiembre o si lo hicieron antes o después. Se trata, obviamente, de demostrar si el Gobierno de Aznar mentía o no cuando el ministro del Interior, Acebes, salía en sus ruedas de prensa culpando a ETA de la masacre. Se trata de eso, y de nada más: en torno a declaraciones y contradeclaraciones de funcionarios de la Policía a los que se achacan proclividades hacia el PSOE o hacia el PP, o viceversa, se está montando un gigantesco enredo que quiere esparcir la sospecha de que cuanto dicen estos responsables de la seguridad de todos es una mentira. Y, por supuesto, no se avanza un milímetro en el esclarecimiento de hecho alguno. Los medios, algunos medios, son, sin duda, bastante culpables de un estado de cosas totalmente indeseable. Poner las declaraciones de los mandos policiales, los de antes y los de ahora, en solfa por principio, es una irresponsabilidad. Claro que habría que buscar las responsabilidades primigenias en unos políticos deseosos de hacer triunfar «su» verdad ante todo --si se sabía o no y a qué hora que la autora no era ETA-- y dejar que «la» verdad no resplandezca. Porque cualquier observador imparcial diría que, en primer lugar, ningún ministro del Interior hubiese salido a casi retransmitir las investigaciones policiales como lo hizo Acebes; que ningún Gobierno serio debía haber acudido a dar explicaciones sobre qué pistas había o no había; que ningún funcionario policial debería haber filtrado nada a la prensa o a político alguno; que ninguna oposición hubiese estado cuestionando un asunto así en víspera de elecciones. Y que, desde luego, los medios no deberían haberse lanzado a una rueda de especulaciones anticipadas acerca de quiénes podrían o no ser los autores del hecho execrable, señalando con dedo acusador a cuantos contradecían sus tesis. Claro es que el Gobierno Aznar trató de prolongar más allá de lo sostenible la idea de que la autora podría ser ETA. Claro que la oposición socialista se aprovechó de la mala gestión informativa del Gobierno Aznar. Claro que hubo algunas filtraciones policiales (y judiciales) en algún caso interesadas. Claro está, en resumen, que en aquellas jornadas de nervios, en las que tantos actuaron heroicamente, todos perdimos la calma y todos nos dejamos llevar por una agitación interna que supuso una especie de síncope colectivo para los españoles. Lo que empieza a resultar increíble es que cuatro meses después esa agitación, aquella zozobra, parezcan seguir dominando los cerebros de quienes se encierran en una comisión de investigación que nadie sabe muy bien a dónde quiere ir a parar ni si investiga para otra cosa que para satisfacer vendettas por un lado y pruritos por otro. Una vez más, la cínica frase de Churchill, recomendando crear una comisión de investigación si se desea mantener algo oculto, nos llega cargada de razón. Como el año pasado en la famosa comisión del 'caso Tamayo y Sáez' en la Asamblea madrileña. Como tantas otras veces. Y la policía, en la picota. Y los medios, distraidos con esto y no con otras cosas quizá más trascendentes, porque, en el ínterin, se reforman estatutos de autonomía, se habla del diseño futuro del país. Y usted y yo, y otros muchos, pendientes de la figura distorsionada de un funcionario público a quien un diputado empecinado pregunta con saña, como si fuese un delincuente ante el juez. Qué país.