Diario de León

LA GAVETA CÉSAR GAVELA

Pasaron por Ponferrada

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León

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MUCHOS VIAJEROS principales han pasado por Ponferrada, ciudad nacida de un viaje hacia el fin del mundo: aquel «Finis Terrae» que sobrecogía a los peregrinos compostelanos del medievo. Por Ponferrada pasaron generales de Roma, herejes gallegos, monarcas rurales, tonadilleros de fama, cardenales untuosos y ex presidentes de América Latina, no todos corruptos. Por Ponferrada pasaron escritores importantes, y dejaron huella de la ciudad en su obra. Grande o pequeña. Como Jovellanos, nuestro más ilustre ilustrado, que por aquí anduvo impartiendo su doctrina racionalista y sensata. Otro narrador forastero vinculado a la urbe fue George Borrow, el inglés que vendía biblias por los pueblos, tarea casi imposible en el Bierzo de entonces, y puede que también en el de ahora. Borrow llegó a escribir que no conocía lugar más bello en el mundo que el Bierzo, idea ésta muy propia de los británicos, pues también se la tengo oído decir a Doireann MacDermott, la muy cordial y culta esposa de Ramón Carnicer. Por Ponferrada, en fin, pasó, y además vivió durante varios años, Juan Benet, tal vez el narrador más brillante -y arduo- que ha tenido España en el último medio siglo. Todas estas personas dejaron su testimonio sobre la ciudad. Sus miradas que nos enriquecen. Pero yo ahora quería recordar a otros literatos viajeros que hablaron de Ponferrada. Escritores modestos y respetables. Y como el espacio se va agotando, lo haré con la mayor brevedad. Que hablen, pues, ellos: «Llegamos, a media tarde a Ponferrada del Bierzo, una villa de comerciantes y carreteros. Recorrimos sus calles, y todo era olor a silencio, a verano y a vino. Y fue entonces que creí que estaba en Tras-Os-Montes, la tierra de mi padre. Y que detrás de la basílica de la Encina vendría la fortaleza de Braganza. Pero la fortaleza ¡ay!, era otra» (Teotónio Murça e Lopes, viajero portugués de fines del siglo XIX). «Miré por la ventana de mi fonda, cerca de la plaza del consistorio. Al otro lado había una casa sencilla, de dos plantas, y una ventana que se abrió entonces, justo cuando yo miraba, no sé si fue adrede, y al otro lado vi a una mujer desnuda. Blanca y desnuda que se reía de verme, no sé por qué» (Armando Liliano Lublin, ensayista argentino del tiempo de Carlos Gardel). «Ponferrada del Sil, donde me amaron y no amé...» (verso de Alfonsa Titaguas, poeta menor de cualquier antología. Valenciana de hacia 1950). «Ponferrada: ciudad emprendedora que abraza la comarca fabril; frondosa ferretería, coso de industrias y comercios, faro de españolía...» (René de Videmala, ensayista zamorano y falangista. Murió en 1975). «Nada nos gustaba más que ir a Ponferrada. ¡Como recuerdo los preparativos en la aldea, allá en El Bao! Salíamos de noche cerrada y luego venían decenas de kilómetros por el monte, a caballo, hasta que llegábamos, al amanecer, a Corbón. Allí cogíamos el tren de vagones verdes que nos dejaba en la ciudad a las nueve y cinco de la mañana. Ponferrada entonces, para nosotros, era Nueva York y París, y lo mismo Lima...» (Juana Calamuxo, narradora olvidada de las Asturias de Oviedo. Ganó un premio de cuento en 1969). «Quise nacer en Ponferrada y no pude. Me tuve que conformar con ser de otra parte. Y no diré de cual por no molestar a nadie» (Ricardo Benuza de Pombriego, dramaturgo español nacido en 1912 y fallecido en 1981). «En aquella pensión de Ponferrada el Papa Juan XXIII se alojaba en el cuarto de al lado. Y en el de enfrente estaba Pelé, qué raro, y por el pasillo, en las otras piezas dormían el Che Guevara, el científico Von Braun, el general De Gaulle, Manuel Benítez El Cordobés y no sé si también la reina de Inglaterra. Y este fue el sueño que tuve junto al Sil» (Macarena Gelves, monja andariega de Sevilla, secularizada luego, todavía vive).

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