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DE ESTA VIDA sacarás... lo que metas, nada más. Somos lo que comemos. Los abuelos comieron como mandó la historia; sus nietos hoy engullen química que ninguna otra generación probó antes. ¿Qué saldrá de todo ello?... Chi lo sá. Por de pronto, ese nieto en verano es hijo del frigorífico y de la tienda de chucherías. Los helados los devora. Compra uno que se llama Solero, que suena muy a español pero no hay palabra castellana a la vista que indique aproximadamente lo que es, pues sólo pone «shots» y debajo lo explica, «cool lemon kiwi and guaraná». Clarísimo. Más abajo añade «with fruit juice». Enterados. Lo curioso es que la empresa que distribuye estos helados es española, pero la preceptiva indicación en castellano la incluye en letra piojosísima confundida entre otros cartorce idiomas. Resultan ser, según se apunta, «bolitas de sabor kiwi y limón con guaraná (con fructosa y edulcorantes)». En inglés «shot» significa disparo, castellanizado en lenguaje futbolero como chut, o sea, chute. Y de esto se trata en esta bolitas congeladas, un puto chute de química compuesta, un legal pero explosivo cóctel cuyos efectos a la larga nadie tiene averiguados porque no hay más campo de cobayas que el de nuestros guajes que jalan estas sospechosas bolitas o chuts hechas con: Agua, un diez por ciento de zumo de frutas de kiwi y limón (¡¿sólo!?), frustosa, estabilizantes (se relacionan un total de ocho con sus respectivos números de registro), grasa vegetal, acidulantes, emulgentes, sal, aromas, proteínas de leche, colorantes, edulcorantes, guaraná (un 0,01 por ciento, jodó), contiene cafeína, maltodextina... y concluye con «este producto contiene una fuente de fianalina», toma ya, una fuente nada menos, ¿un surtidor?... ¿y qué coños es esa fenialinina?... Esta letra pequeña no se la lee nadie, salvo que esté aburrido y no haya tele, prensa o charla, así que chaval está encantado con esos nuevos sabores que supone de kiwi, aunque es guarrería que encandila al paladar y crea generalmente adición, no por el kiwi (que no consta), sino por su perverso diseño químico. Ese es el chaval al que repugnan unas lentejas estofadas, un potaje sustancioso. Ese es el chaval que odiará la cocina tradicional y meará sobre su tumba con orines químicos y abrasivos, pues metiendo lo que se mete, eso será lo que mee.

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