El paisanaje
Confesiones
LA COMISIÓN investigadora del 11-M está haciendo bueno, como era de prever, el viejo dicho político de que «si quieres que algo se pudra, crea una comisión». También la teoría, no menos antigua de los más acreditados abogados de Cicerón para acá desde que el mundo es mundo -tanto que se necesita un crédito para pagar la minuta- según los cuales «hay que negarlo todo hasta el patíbulo». Sobre la base de ambas premisas tanto Aznar como Zapatero se disponen estos días a declarar. Los más optimistas opinan en los periódicos que con las confesiones del que tiene bigote y las del que presume de talante la comisión del 11-M va a dar un giro de 180 grados. Pero un optimista sólo es un pesimista mal informado, así que es probable que se queden cortos: el giro va a ser. exactamente, de 360 grados, y vuelta a empezar. Ahora resulta que todo el mundo quiere declarar para declararse inocente, así que tan exclusivo banquillo está reservado sólo para «personas verdaderamente importantes», los VIP que dicen en América cuando quieren hacerse tan finos como en la Francia o la Gran Bretaña y sólo consiguen parecer horteras. Es lástima que las confesiones no se hagan ya bajo tortura, porque los hábiles interrogatorios de antaño han bajado mucho en eficacia. Por ejemplo, para dejar a los pies de los caballos a Aznar y Zapatero se podría llevar a la comisión a toda la tropa subalterna de las alcantarillas del Estado que les sirve de coartada. Es decir, al confidente moro Zouhier (o como se escriba), que lo sabía casi todo y lo sopló a un teniente coronel de la Guardia Civil, nada menos. Al primero se le podría sonsacar lo poco que no sepa con un «macho, o cantas o te devolvemos a tierra de nadie, que es la tuya, y ya yabes cómo entierran allí a los cantamañanas». Y al famoso teniente coronel con, digamos, «quedas degradado en el Cuerpo a limpiar donde todos hacemos de lo mismo, a mayores de que te queda más mili que al palo de la bandera». Con argumentos parecidos, pero más bestias, se podría convencer a los confidentes asturianos que vendieron la dinamita y al comisario de la policía de Avilés, que, sabiéndolo, le entraba por un oído y le salía por el otro. En Asturias se hace todo a lo grande, de manera que los chorizos dinamiteros son susceptibles de convencer para que canten algo más que el «patria querida» con sólo colocarles un petardo de su propia mercancía en la boca y avisar «guajes, esto nun yé un bollu preñau, así que ya direis, cuando le demos candela, si os gusta poco o muy hecho». En cuanto al policía avilesino, se los podían colocar igualmente en las orejas a modo de auriculares o cuatro palmos más abajo, a elegir opcionalmente, con el aviso corresponediente: «esto no es un teléfono ni un condón y aquel día estarías trompa, porque, si no, no se explica, pero no veas cómo resuena en la trompa de Eustaquio». Sería conveniente también que llamaran al confesionario a los guardia civiles de Tráfico de León que pararon, no se sabe cuántas veces, la explosiva furgoneta de los moros en la carretera de Benavente. «¿Veis el puticlub de Villalobar? Pues eso no es nada, porque vamos a joderos como nunca». Esta sería una comisión investigadora eficaz y sin tanta pamplina como la de Madrid. Y, a partir de ella, con el tiempo y una caña, hasta sería factible recontruír los hechos. El cuerpo del delito ya está -casi 200, los pobres- pero falta por descubrir dónde fallaron los servicios de información, que, a juzgar por las pistas dejadas por los moros, dejan bastante que desear respecto a los métodos de «recontrainteligencia» de Mortadelo y Filemón. Conclusión del guardia municipal de mi barrio, que, como es medio psicólogo, quiere entrar en la policía científica: «si todos obraron como lo hicieron, y a las pruebas me remito, o estan como cabras o nada tiene sentido». Parlamentando confidencialmente con él mientras dirigía el tráfico este martes hacia la romería de San Froilán logré convencerle de que no hiciera locuras ni elevara «como experto» su propio informe a la superioridad. Quería poner lo que sigue, ahí es nada. «Si las neuronas de nuestra tropa trabajan así en asuntos de espionaje, es de temer que el cociente intelectual del excelentísimo señor presidente tampoco esté operativo. Postdata: y me da igual quien esté hoy en La Moncloa, el del bigote o el cejijunto del talante, porque, visto lo visto y lo que queda por ver, este país tiene menos futuro que los atascos de mi esquina, los cuales no tiene arreglo ni a derecha ni a izquierda». Quería tirar por la calle de en medio y no mandó la misiva, sólo por hacerme caso. Y eso que estoy perfectamente de acuerdo con él.