Diario de León
Pedro García Trapiello

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VEMOS a Pujol y a Felipe en el primer programa de la gran Otero. Espléndida entrevista de alimón, cálido ambiente. Están mayores los dos. A estas edades pueden ocurrir dos cosas: o parece que los años no pasan o galopan de cuatro en cuatro. Hubo postura relajada. La cierta sensatez que suele mostrar el político jubilado se exhibió a lo largo de la charla, aunque con cierto cinismo altanero o un resentimiento mal reído en la faz de Felipe y con un toque de fariseísmo ilustrado en la de Pujol. Dijeran lo que dijeran, sus caras contaban a veces lo contrario de lo lo que hablaban o de lo que no decían. Felipe lo llama a eso «administrar los silencios», que es categoría de político noble. Otro, seguramente, lo llamaría administrar la mentira, que es piedra angular en todo discurso político. Ahí asomaban entonces los músculos del rostro haciendo sus propias declaraciones («a partir de los cuarenta, cada persona es responsable de su cara», creo que dijo Byron). Esto es lo que le ha hecho perder a Felipe su vieja persuasión, esa oratoria seductora que tanto narcotizó a Zapatero hasta el culto y el mimetismo. Como Pujol es catalán y viajante de comercio, estos abollones del tiempo y de la palabra huera los disimulaba mejor. De lo que hablaron anoto un asunto: las nacionalidades en su roce y en su rasca de lija autonómica con la que llevamos veinticinco años jodiendo la marrana y engordando el problemón. Vino a decir Felipe que este país hizo un esfuerzo enorme en reconocer las diferencias pedidas en las regiones históricas (y en el resto, por añadidura), esfuerzo estatal en descentralizar competencias, y sin embargo, el principal empeño se sigue cifrando en alimentar la diversidad, el disinguirse, sin querer buscar y abordar origen y raíz de estas diferencias peninsulares para intentar y deber superarlas. Gran verdad. Nos diferenciamos en un cinco por ciento que convertimos en el todo; no se mira a lo que nos hace españoles con los otros españoles. Unos por fuero y otros por huevo, volvemos los ojos al ombligo, los codos se cierran en guardia sobre él y nos protegemos la cara con los puños a la espera de darles su turno de palabra... cada cual en su rincón. Los veinticinco asaltos de pelea autonómica no han fatigado a los contendientes. Acabarán siendo cincuenta. Lleva trazas de ello.

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