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TOÑO, no sé por dónde andas ni qué estás haciendo ahora con tus manos, ese vicio tuyo de palpar, sobar y averiguar los barros. A menudo me pregunto por tí porque una escultura tuya anda agazapada y cantadora por entre mis viejas plantas, las de mueca torcida y tronco leñoso porque les pesan los años en quinquenios. Esa escultura me pareció algo innecesariamente abstracto al regalármela hace ya una tira de años, dos óvalos gordos y simétricos, amorrados donde se juntan, algo cóncavos, ligeramente esféricos... y se acabó, no hacía falta más, ahí la tienes, me dijiste, y sé que fue una obra especialmente elegida en tu taller, tenía lo mejor de tu cacumen creador y era yo, debiste pensar, quien mejor la entendería y disfrutaría, gracias de nuevo, querido amigo, pero hasta anteayer no me había percatado de lo que creo significa o insinúa, del mensaje que empapa la aparente simpleza de dos óvalos de barro cocido a mil ochocientos grados, esas redondeces como dos grandes células gordas abrazándose o separándose en procreación, Toño, son dos óvulos, dos masas cerebrales, dos riñones, dos, todo en la naturaleza es dos, empezó con dos, el uno no alcanza jamás la ecuación de la vida, dos, son dos, y después, cuatro, ocho y vete echando cuentas de mutiplicación orgánica... y verás que has esculpido a la vida. Me chifla esa escultura entre mis plantas. Con sólo mirarse han acabado llevándose muy bien. Es el principio de la vida por un lado y, por el otro, el tronco retorcido por los años que galopan... y garlopan. Casan y se ponen buena cara, me parece. Pues bien, querido Toño, esas dos redondeces de barro que sacaste con tus manos de los lodazales del Tormes salmantino también pueden ser reconocidas como dos tetas; cóncavas, en negativo, pero tetas; no pongas objeciones; en ello radica tu proyección a la galaxia plástica; son dos glándulas mamarias como dos quesos gallegos, dos tetísimas; acéptalo. Si me das permiso y no lo vetas, quisiera comunicarte una gran noticia que afecta a esta obra tuya. Es un proyecto fabuloso, tío, por fin la gloria. Déjame darle curso. Esta ciudad es chollo, colega. Abandona tu sierra de Guijuelo y tu aire creador de ermitaño de La Alberca y vente acá. De esta te forras. Un gran museo te espera. Te lo cuento mañana en la espalda de este folio.

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